Frente a la puerta del sol de la iglesia parroquial, todavía existe en Pedroche un viejo caserón de portada de granito oscurecida por el tiempo. Es la Casa del Judío, la Casa de los Duendes o la Casa de las Lágrimas. Y es a finales del siglo XV cuando habitaba en ella un judío expulsado de Córdoba a quien los naturales de la villa llamaban "Malogrado".
Era tanta la miseria de aquellos tiempos que difícilmente podían los cristianos recuperar los vestidos y alhajas empeñados como prendas a cuenta del dinero que "Malogrado" les prestaba. No sin razón comenzó a llamarse aquel lugar "Casa de las Lágrimas" por las muchas que hombres y mujeres vertían al no poder desempeñar sus ajuares.
A pesar de su riqueza, "Malogrado" murió un invierno cualquiera en la más completa
soledad. Mientras su hijo Moisés y su nieta Ester, en un largo camino, habían acudido a Toledo, el Concejo de la villa encontraba a "Malogrado" moribundo en el frío suelo del oscuro sótano de la casa. Era Ester una joven de dieciséis años, alegre como sus primaveras, de ojos azules y piel de blanquísimo alabastro. Sus cabellos rubios y abundantes, eran otras tantas llamadas a los mozos casaderos que no cesaban de cortejarla. Y era Agustín, el hijo del campanero, quien puntualmente le dedicaba cada noche sus mejores serenatas.
Era Moisés, por el contrario, un hombre amargado porque, creyendo encontrar la
fortuna de su padre, sólo encontró, a su vuelta de Toledo, una casa destrozada y saqueada por quienes habían sido deudores de "Malogrado". Como buen judío Moisés no se amilanó ante la desgracia. Ejerciendo el oficio de guarnicionero volvió a crearse una modesta fortuna suficiente para pasar honradamente sus días. Llenaba Ester de alguna manera el corazón martirizado de aquel padre tan castigado por la adversidad.
También Débora, su bellísima esposa, había muerto joven cuando Ester apenas contaba dos años.
Un grupo de judíos, amigos de Moisés, cuchichean indignados como si una nueva
maldición pesara sobre los de su raza. Ester, la gloria del barrio judío, honor y alegría de su padre y de cuantos la conocen, despreciando a los de su raza, está enamorada del joven Agustín. Por encima de su religión y de su pueblo, está dispuesta a recibir las aguas del bautismo y poder así contraer matrimonio cristiano.
La indignación y la rabia conmueve a todas las familias judías. Es intolerable que un
"perro cristiano" se despose con la flor de la estirpe judía. Y es necesario tomar medidas precisas. Ni las lágrimas de Moisés, ni las recomendaciones del anciano rabino hacen desistir a la bella Ester de la decisión tomada.
Sobre el Calvario, a unos pasos del Torreón que siempre sirvió como puerta de la villa,todo el ghetto judío se ha reunido con trajes de gala. En medio del silencio de la noche un gran corro de jóvenes y ancianos recogen piedras que van lanzando con furor sobre el cuerpo exánime de Ester. Su túnica blanca, salpicada de manchas rojizas, da testimonio de bautismo de sangre que acaba de recibir. Condenada por el Consejo de ancianos, su muerte quiere significar el escarmiento para otras jóvenes judías ante los halagos y solicitudes de los muchachos cristianos.
Aquella noche Moisés, el padre exasperado, creyendo encontrar la satisfacción de la
venganza ante la hija rebelde ya sacrificada, sólo sintió una terrible soledad que con sus garras frías se fue apoderando de su corazón desgraciado.
En el lugar del martirio, brotó un rosal extraño cuyas hojas, dice la tradición, despedían un vivísimo fulgor antes del amanecer. A este rosal se acercó Agustín, provisto de un azadón, deseoso de trasladar al jardín de su casa aquella planta que tan íntimos recuerdos despertaban en él. Al primer azadonazo, los pétalos de las rosas se iluminaron y las corolas semejaban lámparas encendidas. Las hojas brillaron con más fulgor y todo el rosal se convirtió en una ascua gigantesca. Al mismo tiempo desde la planta un suspiro, mitad alarido de dolor, mitad anhelo de deseos insatisfechos, se dejaba oír con toda claridad.
Los huesos de Ester se juntaron con orden, unos con otros, se pusieron de pie y se
revistieron de carne. Apareció la joven en todo su esplendor con una belleza deslumbrante. Se acercó al joven lentamente, le tendió sus brazos y al darle un beso desapareció su luz. Su esbelta figura, convertida de repente en un montón de pavesas fue deshecha y dispersada por el viento.
Y dicen los viejos que a la mañana siguiente, con más pena que nunca, las campanas
de Santa María estuvieron doblando por el alma de Agustín.
sábado, 21 de febrero de 2009
La Casa de las Lágrimas
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miércoles, 18 de febrero de 2009
El Enano y la Felicidad
Cuenta la leyenda que un inquieto enano llegó un día a un aldea remota. En aquellos confines del mundo no estaban acostumbrados a tener visitantes, así que, el pequeño ser causó muchísima expectación.
-“¿Qué haces aquí?”- dijo uno de los ciudadanos.
-“Verás…Tras muchos años de entrenamiento, tengo la capacidad de dar felicidad a las personas y de hacer que cualquiera que me rodee experimente una alegría inmensa. Eso sí, esta felicidad, no dura más que unos segundos…
-“¡Sí”, “¡Venga ya!”, “Es increíble”-murmuraban todos convencidos de que, con el enano ahí, jamás serían desdichados.
-“Durante los dos últimos años”-continuó el enano-“he recorrido el mundo haciendo sentir a las personas, a algunas incluso por primera vez, lo que es la felicidad.
-“¡Por favor, házmelo sentir a mí!”-dijo uno-.
-“Y a mí”-dijo otro-.
Y así, el enano comenzó a hacer una demostración a los habitantes del pueblo. Con sólo mirar a los ojos de alguien, conseguía disipar todas sus preocupaciones, que su ceño dejase de estar fruncido, que no tuviese miedo, y que se sintiese capaz de arriesgarse a elegir su vida.
Durante días y días, lo fue haciendo con todas las personas del pueblo, cada vez que se cruzaba con alguna. Sin embargo, tras esos mágicos segundos, todo se desvanecía. Y esas personas se sentían aún peor que al principio. Lo que les llevaba a estar constantemente buscando al enano y reclamando sus favores.
La insatisfacción se fue tiñendo de rabia y cólera hacia el enano de tal manera que, un día, salieron a buscarle para destruirle. El enano estaba tan débil por todo el trabajo que le habían dado que no consiguió huir. Tras matarlo, para asegurarse de que no pudiese volver jamás lo cocinaron y se lo repartieron como pudieron. Comiéndose, cada uno, un trocito muy pequeñito.
Y…cuenta la leyenda, que el enano, lejos de desaparecer, se quedó. Decidió quedarse para seguir dándoles instantes felices. Pero de un modo tan ocasional y tan fugaz, que sólo les serviría para evocar una sensación que nunca tendrían. Así hasta que el pueblo desapareció.
Y cuenta la leyenda también que…hasta nuestros días, el enano está en cada uno de nosotros. Sus ojos, los ojos de nuestra alma, se posan en los ojos de los otros, pues su mirada ha encontrado una manera de salir. Nuestra sonrisa. Cada sonrisa son segundos de felicidad, propia y ajena, que podemos conseguir cuantas veces queramos, gracias a que un enano tiene los ojos en nuestro corazón.
(De la web: La Página de los cuentos)
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domingo, 15 de febrero de 2009
La Puerta del Sueño
Un buen día llegó procedente de Egipto un mago árabe llamado Ibrahim. Éste conocía todos los secretos de la ciencia (incluido el de la vida eterna) porque poseía el "Libro de la sabiduría" que le había dado Dios a Adán al echarlo del paraiso.
El mago se ofreció a crear un invento con el cual podía conocerse cuándo iban a atacar los enemigos. Ibrahim creó un curioso tablero de ajedrez donde se encontraba un jinete con una lanza; cuando el jinete apuntaba a algún sitio significaba que se acercaba un ejercito por ahí, y entonces en el tablero aparecían unas figuras de ajedrez, que representaban la imagen del enemigo.
El mago incitaba al rey a que derribase las figuras y entonces así mataba al ejercito enemigo. Por este trabajo, Ibrahim pidió que se acomodase una cueva de la montaña con lujos y con bailarinas que lo animasen mientras elaboraba sus artes.
Así llegó a gastar la mitad de la fortuna del rey. Pero Aben Habuz aceptó y disfrutaba con el juego de ajedrez matando enemigos.
Pero un buen día el jinete del ajedrez apuntó a un lado del mimo que representaba un valle en el que no aparecieron figuras. ¿Venía algún enemigo?. Así mandó su ejército allá, pero en vez del enemigo capturron a una dulce cristiana con una lira de plata.
Ibrahim quiso poseerla, pero Aben Habuz la quiso para sí, pues estaba enamorado de su juvenil belleza. Ella no deseaba a ninguno de los dos viejos, pero se quedó en el reino de Aben Habuz.
El rey moro, empezó a gastarse todos los tesoros que le quedaban en ella, pero cuando la quería poseer, la cristiana empezaba a tocar su lira y el se dormía dulcemente.
Sus súbditos se sublevaron, pues no podían consentir que el rey se gastase su fortuna en ella y no parase de dormir. Aben Habuz pudo contener la sublevación, pero pidió al mago que hiciese algo para evitar esto, pues quería vivir en tranquilidad con la joven.
Ibrahim le propuso construir para él un paraíso que no fuese visible desde fuera y que no se pudiese entrar de no quererlo el que viviera allí. Aben Habuz fascinado aceptó. Tardó tres días en construirlo en una montaña de Granada, y puso una puerta grande con una mano y una llave.
A cambio, Aben Habuz le entregaría el primer animal y la carga que entrase por esa puerta. Al tercer día fueron Ibrahim, Aben Habuz y la joven cristiana cada uno en un caballo. Se pararon los tres a observar la puerta, y el corcel de la joven echó a andar y cruzó la puerta.Ibrahim dijo que la cristiana le pertenecía, Aben Habuz se negó, pero Ibrahim entró con su caballo y cerró la puerta.
Se dice que desde entonces todo el que se queda un momento delante de esa puerta oye la lira de la cristiana y se adormece como el rey moro. Hoy en día, en ese monte, se encuentra la Alhambra y allí se puede encontrar la puerta con la mano y la llave, esperando que alguien la abra antes de caer dormido...
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sábado, 14 de febrero de 2009
El Ave, la Estrella azul y el Hombre que intentó alcanzarlas
Cuentan que una estrella, perdida en el universo, había dejado de brillar desde hacía mucho. El frío del espacio había cobrado su precio.Sin combustible, se dedicó a vagar por el infinito, en busca del calor perdido. A pesar de haberlo consumido casi por completo, la luz que desprendía, de un azul triste, era capaz de atravesar los corazones. Fue así que un día pasó por un planeta, tan parecido a ella desde el espacio, que decidió quedarse a pasar un tiempo en él. Se prometió no ver jamás el rostro de ninguno de sus habitantes, y no mostrar el suyo nunca. Lo único que haría sería elevar su tristeza en un canto eterno, inmortalizado en papel.
Cuentan que un ave de rostro adusto vigilaba la vida desde la montaña. Tenía fama de rapaz, depredadora, fría y sin corazón. Cientos de polluelos habían aprendido el arte de la caza, del buen decir, del volar alto y con elegancia, pero a pesar de la inmensa labor, el ave estaba sola... prefería estarlo. Hacía mucho tiempo había amado, había conocido las mieles de una sonrisa, la sal del llanto del corazón. Por ello, había jurado no amar más, pero el sabor amargo de sus nuevas lágrimas la preocupaban de vez en cuando. Ella pensaba que era normal, que debía habituarse.
Cuentan que un día, tanto la estrella azul como el ave adusta, supieron de la existencia, en tierras lejanas, de un lugar donde un hombre, aparentemente santo, se dedicaba a cuidar un jardín hermoso, lleno de color y aromas atrayentes. Ambas emprendieron un vuelo, cada una por su cuenta y en su propio tiempo, para investigar.
Al centro de un pequeño jardín, donde convivían el mar, la risa, el llanto, el dolor, el amor y el desamor, la hermandad y la tristeza, el pleito barato y la basura, todas ellas en forma de flor, encontraron al hombre.
Éste se dedicaba a recibir a quien quisiera visitar su jardín, explicándoles siempre las extremas bondades de las flores bellas, y las bondades escondidas, medicinales y alucinantes de las aparentemente feas.
Apenas escuchar las explicaciones de aquel hombre, ambas decidieron quedarse durante un tiempo indefinido. Ante su mirada atónita, el hombre les asignó un lugar en el jardín, las presentó con las demás flores, y les preguntó si querían ser flor o deseaban permanecer así.
El ave no contestó. Erizó sus plumas hermosas en señal de negativa, y dijo al hombre que prefería callar y esperar. La estrella, en cambio, sin una palabra, abrió sus brazos y de ellos se comenzaron a derramar todas aquellas tristezas que había acumulado durante eones.
El hombre, triste por ambas respuestas, se siguió dedicando a cuidar cada planta de su jardín, dedicándole todo su amor a cada una, fueran hermosas o aparentemente feas.
Sin embargo, el hombre se giraba de vez en cuando a mirar a sus dos nuevas visitantes. Una seguía observando, con gesto frío y mirada fija. La otra, continuaba desparramando sus tristezas.
El hombre se dedicó a coleccionar cada uno de los gestos del ave, y a recoger cada una de las tristezas del planeta. Un día, el ave de pronto alzó el vuelo y se alejó rumbo al este, volviendo al otro día, ante la mirada extrañada de todos los habitantes del jardín, con un poema entre las garras.
Posándose en un árbol leyó, y un rayo de luz atravesó el corazón del hombre. El poema, supo después, había sido compuesto para el maestro y padre del ave. Era un canto de tristeza por no tenerlo ya, pues el padre había muerto hacía tiempo, y el ave había acudido, como siempre, al llamado de la tumba natural de su siempre protector y guía padre.
El hombre pensó entonces:
"A pesar del rostro y de las garras afiladas, el ave es hermosa. Su plumaje es brillante, su cabeza orgullosa... y al abrir las alas, de gran envergadura, deja ver toda su magnificencia. El ave es buena. El ave ama. Amo al ave."
En otra ocasión, poco después de la llegada del planeta, éste arrojó entre sus tristezas una especial. Era un mensaje donde el planeta anunciaba la búsqueda de la felicidad, describía el perfil de los candidatos y esperaba algún día encontrar quien atendiera a su llamado.
El hombre pensó entonces:
"La estrella es hermosa. Su tristeza alcanza mi alma, pero no consigue enfriarla, a pesar de la escarcha. Sus tristezas pueden sanar. Si me dejara... No soy quizá quien busca, pero he de intentar darle algo de calor. Amo a la estrella, porque la estrella no tiene amor que le ame. Yo la amaré, porque el corazón me lo dicta así."
Y así el hombre se dedicó a alimentar al ave. Siempre le dedicaba su amor con el anhelo de hacer que el ave le regalara un poema más. Sin embargo el ave, aunque complaciente con la aparente necedad del hombre, apenas leía algún verso, apenas aventuraba palabra que no fuera de vigilancia, de complacencia o de contrariedad.
La estrella era diferente en cuanto a su forma de actuar. A veces parecía acercarse al hombre, brillar un poco más, dejar de producir escarcha... pero las pocas veces que algún adelanto se lograba, el hombre entonces era requerido por alguna de las plantas que había dejado abandonada, y que sin hablar, el hombre entendía que debía el cuidado a todas, y sobre todo, la atención y el amor total a aquellas que habían llegado al jardín antes que el ave y la estrella.
Entonces la estrella se retiraba, cada vez más apagada, tiritando de frío, y pocas veces abandonó el jardín. En las ocasiones que lo hizo, el hombre intentó siempre por todos los medios convencerla de que, si ella, el jardín no sería lo mismo.
Muchas veces el hombre logró su objetivo él solo, pero las últimas veces, sin que el hombre lo supiera, algunas de las flores del jardín, que veían el sufrir de la estrella, le cantaban y la arrullaban, pidiéndole que regresara.
La estrella, sea por el hombre o por las flores, siempre regresó.
Un día, el ave dio al hombre una probada de su enorme corazón, y el hombre quedó tan prendado, que comenzó a intentar aprender a volar. El ave, siempre cariñosa pero sin abandonar del todo su dureza, dio al hombre las primeras lecciones, y la más importante fue:
"Tú no eres ave, eres hombre. Sin embargo, podrás volar algún día, siempre y cuando tus objetivos en el firmamento sean claros, tus destinos sean precisos. Volar por volar e ir de nido en nido es peligroso. Hay cazadores que pueden dañarte, y puedes encontrar nidos que no puedas llenar, o que estén vacíos."
Fue así como entre ave y hombre se fue creando un vínculo de amor difícil, si no imposible, de romper.
Un día, el hombre, que se había pinchado el dedo hasta sangrar con una espina de una de las flores más bellas del jardín, sintió un dolor inmenso que le recorría el brazo y le congelaba el corazón.
Al sentir tal frío, acudió a la estrella y le pidió calmara la sensación de nieve dentro de su pecho.
El sabía que la estrella había sido descuidada muchas veces, y sabía que esta vez sería más difícil lograr una comunicación con ella. La estrella, sin embargo, miró al hombre con ojos piadosos, y le abrió de nuevo su corazón.
Ambos iniciaron una comunicación cada vez más bella. El hombre, que ya había aprendido a volar un poco, sintió la necesidad de saber de dónde venía la estrella, y la estrella señaló al sur.
"Allí está mi casa terrena", dijo. "En ella siempre encontrarás a una amiga."
"Pero yo quiero amarte", decía el hombre, cuyo corazón estaba ahora tibio y confortable. "Déjame que intente detener tu eterno penar por los fríos rincones del espacio."
Mas la estrella, como única repuesta, emprendió el vuelo hacia el sur, no sin antes decir al hombre:
"Si realmente lo deseas, algún día llegarás a mi hogar, donde tres pequeños luceros comparten mi existencia. Tanto ellos como yo te esperamos. Sé feliz."
Y se alejó sin decir más.
El hombre decidió aprender a volar mejor, para poder llegar al hogar de la estrella. Acudió con el ave por ayuda.
Sin embargo, el ave le dijo, con inmenso cariño:
"Te he enseñado cuanto un hombre como tú puede aprender. Vuela si gustas, sólo el corazón puede guiarte ahora. Ve, hijo mío, y encuentra a tu estrella, sea cual sea, pero sé feliz. Yo, no puedo hacer más que mirarte partir."
Cuenta entonces la leyenda que el hombre inició al fin, un día de diciembre, el vuelo hacia el hogar de la estrella azul. Hasta ahora, nadie sabe si logró llegar o no, si la estrella pudo al fin recuperar su combustible, si los tres luceros brillan en su firmamento o no.
Lo que cuentan unos pocos testigos, es que mientras el hombre emprendía el vuelo, un ave enorme y hermosa lo acompañaba en la distancia, vigilándolo de cuando en cuando, y advirtiéndole de los cazadores.
(Fernando Acevedo Osorio)
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La Leyenda del Viento Enamorado
Cuenta la leyenda que hubo un día en que el viento, uno de tantos, cansado de vagar se encontró con el ser más bello que había visto.
Su cuerpo grácil y temeroso apenas se percibía desde las alturas, pero el movimiento suave y cadencioso atrajo al viento, que no tardó en acercarse un poco más.
"¿Quién es esta criatura que llama tanto mi atención? ¿Cómo es que no la había visto antes?", pensó el viento.
Era claro que no la hubiese detectado, pues los dominios de ese viento cubrían sólo parte del planeta, y rara vez frecuentaba a sus hermanos de otras latitudes.
Conforme se iba aproximando, suave y sigilosamente, iba descubriendo al ser en toda su belleza.
Su rostro era casi blanco, de labios rojos y carnosos. Sus piernas, a pesar de estar pisando terrenos nuevos, y por lo tanto vacilantes, caminaban seguros de un destino que el ser mismo había emprendido... pero eso el viento no lo supo, sino hasta después. El ser era nuevo en sus dominios, y el viento quería saber más acerca de él.
Su cuerpo era pequeño pero fuerte, y sus mejillas hermosas y sin seña de cansancio, a pesar de los desvelos, las tristezas y las soledades. Lo mismo eran los ojos, de color común oscuro, pero que tenían el extraño encantamiento de ser capaces de sonreir.
El viento, admirado por tanta belleza serena, quiso acercarse más, tanto que deseó ser hombre para poder tocar al ser.
Y fue tanto su deseo, que pronto se vio envuelto en una carrera loca, directamente hacia el rostro del objeto de su admiración, y sin poder detenerse un segundo más, fue a estrellar un beso en la mejilla derecha de aquella mujer (pues eso era el ser que el viento había encontrado), y anduvo todo el resto del día feliz, a pesar de su falta de forma, por haber podido demostrarle a la mujer cuánto la quería, lo que para él significaba.
Ya no estaría solo a partir de aquel día.
Jamás olvidaría que pudo también acariciar el cabello de la dama, y el recordatorio venturoso que guardó por algún tiempo fue el suave perfume de su amada, que esparció por aquellos, sus dominios, mientras su amor crecía.
Así fue como aquel viento visitó día con día a aquella mujer... pero algo extraño pasaba. Mientras más la visitaba, mientras más fuerza imprimía para lograr besar a la mujer, acariciarla y brindarle su frescura, la mujer se alejaba más de él. Incluso ese ser que tanto amaba llegó a esconderse en un
refugio para huir de sus embates amorosos.
El viento, entristecido, decidió calmar su ímpetu y averiguar qué era lo que tanto aterraba a la mujer. Se acerco de nuevo, sigilosamente, y escuchó hablar a su amada. No supo en aquel momento a quién se dirigía la mujer que lo había cautivado, pero cuentan que ese día llóvió, porque el viento derramó toda su tristeza al saber, por boca de su dama, que éste le producía un inmenso desazón, e incluso terror, conforme más impetuosas eran sus demostraciones amorosas.
Así anduvo el viento por muchos años, hasta que un día, con el alma tranquila, decidió visitar a esa mujer que tanto amó, con la firme convicción de no interferir más en su vida, de no amarla como lo había hecho, pues sabía que eso era un esfuerzo inútil.
La encontró sentada en el portal de su hogar, con la mirada puesta en el horizonte y el alma envuelta en un suspiro.
Decidió acercarse, con el corazón confundido por verla en ese estado de ensoñación, y en un susurro de brisa preguntó:
- ¿Qué tienes? ¿Por qué estás tan pensativa?
- Sueño con un hombre que de tierras lejanas me ha hablado de amor -, respondió la mujer.
- ¿Y tú lo amas de verdad? -, preguntó el viento, con el alma atribulada por aquella confesión.
- Le amo tanto que por él estaría dispuesta a dar la vida -, dijo la mujer embelesada en un suspiro.
El viento enloqueció de ira, y olvidando la promesa que él mismo se había hecho, se convirtió en furioso tornado y azotó regiones enteras, devastando todo cuanto se encontraba a su paso.
La mujer tuvo más temor del viento desde aquel día, y siempre que éste se presentaba corria y se arrojaba en las palabras dulces de su amado, los únicos brazos que la recibían y confortaban.
Entonces, ya pasado cierto tiempo, el viento pensó: "He de perdonar a la mujer. Mi furia seguirá existiendo, pero no es justo que haga daño a quien tanto amé. Me presentaré de nuevo y le concederé, como prueba de buena voluntad, un deseo que dure para siempre."
Así lo hizo el viento, y ante su asombro y dolor, recibió el deseo de la mujer:
- Viento, quiero que seas mi amigo y, como tal, vayas diariamente y le lleves mi voz, mis caricias y mis besos al hombre que amo. Eso es lo que te pido.
El viento, maldiciendo el momento en que se le ocurrió conceder un deseo a aquella mujer, le dijo con dolor:
- Mujer hermosa y serena, yo te amo y te amaré por siempre. Jamás de tu vida me alejaré, pero cumpliré con mi promesa. Sólo una cosa te pido a cambio: que, a pesar de mis furias y desplantes, no me tengas temor... al menos no como el que hasta ayer manifestaste. Sé que no te puedo amar como yo quisiera, pero por favor no me temas tanto. Jamás daño te haré.
La mujer entregó su amistad desde aquel día al viento, y a pesar del temor enorme que le producía ver los enojos de su amigo, siempre lo miró con nuevos ojos: los ojos del corazón de una amiga verdadera, que mira cómo el amigo que una vez la amó, desquita su impotencia sin llegar a dañarla.
El viento cumplió su misión por algún tiempo. Llevaba y traía los mensajes amorosos de la dama y el hombre cuyo corazón le había robado. Lo hacía con diligencia, y hasta en el momento de transmitir los besos y caricias de su amada al hombre aquel, el viento se comportaba como si ella misma lo besara y
acariciara.
Así fue hasta el día en que, cumpliendo su visita diaria, el viento se topó con una mujer de ojos rojizos por el llanto, el corazón detenido y la respiración entrecortada.
- ¿Qué pasa, mujer? ¿Por qué lloras así? -, preguntó el viento.
- Ha sido él, amigo mío, quien me ha arrancado el corazón.
- Vamos -, dijo el viento - ya han pasado por algunos pleitos sin mayor importancia. ¿Dónde está tu valentía? ¿Dónde tu coraje? ¿Dónde el amor que le tienes?
- Se ha terminado, amigo mío. Aquel que tanto amaba he dejado de existir para mi.
Y el viento, con su furia inaudita a punto de estallar y la decisión de ir y borrar de la faz de la tierra todo recuerdo de aquel hombre, tuvo que detenerse ante el ruego de aquella mujer, a quien había aprendido a respetar y querer como una amiga. Escuchó la sentencia de sus labios, y no dejó de sentir pena por aquel hombre, pues él sabía lo que significaba que esa mujer tuviera miedo... miedo de él.
- Amigo mío, prométeme que ya no llevarás a aquel que fue mi amado ni una brisa en mi nombre. Prométemelo, tú que sabes, tú que me ves deshecha en llanto y que escuchas, a través de tí mismo, los latidos apenas perceptibles de un corazón destrozado.
- Así lo haré, querida amiga -, contestó el viento. - Prométeme tú entonces que buscarás la felicidad donde siempre la has tenido, tan cerca de tí. ¡Vamos! Arriba esa cara, y déjame que seque, con una brisa de cariño, los últimos rastros de llanto de esas mejillas tuyas, que fue de lo primero que me enamoré.
La mujer se levantó, con mejor ánimo, y ofreció su cara al viento. Éste sopló dulcemente una brisa tibia, casi imperceptible, que no lastimó ni congeló las mejillas de su amiga, y se fue feliz de haberla acariciado de esa forma, sabiendo que, si bien su amor no sería nunca para él, sí lo serían los momentos en que ella, por el motivo que fuere, le pidiera de nuevo consuelo para su dolor, o refresco para el calor de verano.
Cuentan que el hombre que arrancó el corazón a la mujer, jamás volvió a recibir siquiera un soplo de aquel viento. Nunca más un beso delicado, jamás una caricia como las que su amada le enviaba volvió a sentir.
Hoy sólo le acompaña un viento seco, lleno de polvo o tierra, que le produce una extraña ensoñación de los días venturosos en que tuvo la dicha de compartir, con el viento, el amor más dulce y sereno que jamás había sentido.
(Fernando Acevedo Osorio)
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viernes, 13 de febrero de 2009
La Estrella y la Dama
Cuenta la Leyenda que una estrella se desprendió del firmamento.
En su caída arrancó de sus entrañas un lamento; un grito agónico, ahora de ayuda, ahora de nostalgia… y el cielo empezó a llorar. Las nubes lo cubrieron y sus lágrimas inundaron la Tierra que aquella estrella pisó.
Convertida en Dama y Señora, perdida en su camino, sola y abatida, se debatía sobre qué camino seguir.
Parecía aquel mundo tan desconocido y tan lejano, que se encontraba perdida y, curiosamente, recordaba verlo desde sus alturas, no hace mucho, con envidia y celo por tenerlo. “¿Y ahora qué?”, se preguntaba. “Te extraño, Orión”, “ya no me acompañas, Sirio”, pensó mirando a su cielo protector… sola… y el cielo seguía llorando…
De rodillas en el suelo, empapada por la pena divina; la cara cubierta por sus pálidas manos; los ojos húmedos por el llanto contenido, sintió una mano firme sobre su hombro.
“Ven, acompáñame”, le dijo una voz. “Resguardémonos bajo aquel frondoso roble”.
Aún a sabiendas de que aquél podía no ser un lugar seguro en aquellos momentos difíciles, encaminó sus pasos hacia el árbol: la cabeza gacha, los pasos dudosos, pero la mano apretada por la de aquel joven.
Bajo aquel roble por primera vez sus miradas se encontraron. Y lo supo: el destino, el sentido de su pasado, el por qué de su presente; los pasos hacia su futuro; y por un momento recobró aquel anhelo juvenil que parecía retenido por las aterradoras fauces de antigüas tristezas.
… y el cielo se abrió… los rayos de Sol dibujaron un paraíso de sueños, y su pelo brilló dorado, como en aquellos días en que no eran cabellos sino brazos de luz que alumbraban al mundo. Ya no brillarían sólo por todos; ya no lucirían sólo para darle paz y calor a quienes a su alrededor parecían disfrutar de la vida. Aquella energía que un día irradiaba su estrella jamás se había perdido. Siempre había estado ahí, esperando, oculta en el rincón más remoto para volver a cegar con su sonrisa esperanzada.
Difuminados por el rocío de la hierba mojada, sus siluetas comenzaron a desaparecer entre las últimas luces del día, y del roble, la estrella caída y el joven sólo quedaron la mágica historia que los lugareños se contaban de padres a hijos.
Desde entonces, esos mismos lugareños cuentan que cuando llueve sobre la Tierra, el cielo llora por otra estrella caída, pero aquel preciso lugar en que un día un roble ofreció su cobijo siempre permanecía seco.
Cuenta la leyenda que desde entonces dos estrellas brillan entre las nubes despejando el camino de la luz, siempre con sus sonrisas puestas.
(De la Web: Sobre Relatos)
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jueves, 12 de febrero de 2009
Una rosa en la tumba de Homero
En todos los cantos de Oriente suena el amor del ruiseñor por la rosa; en las noches silenciosas y cuajadas de estrellas, el alado cantor dedica una serenata a la fragante reina de las flores.
No lejos de Esmirna, bajo los altos plátanos adonde el mercader guía sus cargados camellos, que levantan altivos el largo cuello y caminan pesadamente sobre una tierra sagrada, vi un rosal florido; palomas torcaces revoloteaban entre las ramas de los corpulentos árboles, y sus alas, al resbalar sobre ellas los oblicuos rayos del sol, despedían un brillo como de madreperla.
Tenía el rosal una flor más bella que todas las demás, y a ella le cantaba el ruiseñor su cuita amorosa; pero la rosa permanecía callada; ni una gota de rocío se veía en sus pétalos, como una lágrima de compasión; inclinaba la rama sobre unas grandes piedras.
-Aquí reposa el más grande de los cantores -dijo la rosa-. Quiero perfumar su tumba, esparcir sobre ella mis hojas cuando la tempestad me deshoje. El cantor de la Ilíada se tornó tierra, en esta tierra de la que yo he brotado. Yo, rosa de la tumba de Homero, soy demasiado sagrada para florecer sólo para un pobre ruiseñor.
Y el ruiseñor siguió cantando hasta morir.
Llegó el camellero, con sus cargados animales y sus negros esclavos; su hijito encontró el pájaro muerto, y lo enterró en la misma sepultura del gran Homero; la rosa temblaba al viento. Vino la noche, la flor cerró su cáliz y soñó:
Era un día magnífico, de sol radiante; se acercaba un tropel de extranjeros, de francos, que iban en peregrinación a la tumba de Homero. Entre ellos iba un cantor del Norte, de la patria de las nieblas y las auroras boreales. Cogió la rosa, la comprimió entre las páginas de un libro y se la llevó consigo a otra parte del mundo a su lejana tierra. La rosa se marchitó de pena en su estrecha prisión del libro, hasta que el hombre, ya en su patria, lo abrió y exclamó: «¡Es una rosa de la tumba de Homero!».
Tal fue el sueño de la flor, y al despertar tembló al contacto del viento, y una gota de rocío desprendida de sus hojas fue a caer sobre la tumba del cantor. Salió el sol, y la rosa brilló más que antes; el día era tórrido, propio de la calurosa Asia. Se oyeron pasos, se acercaron extranjeros francos, como aquellos que la flor viera en sueños, y entre ellos venía un poeta del Norte que cortó la rosa y, dándole un beso, se la llevó a la patria de las nieblas y de las auroras boreales.
Como una momia reposa ahora el cadáver de la flor en su Ilíada, y, como en un sueño, lo oye abrir el libro y decir: «¡He aquí una rosa de la tumba de Homero!»
(Hans Christian Andersen)
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