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domingo, 29 de enero de 2017

La princesa y el viento


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Un cacique muy respetado tuvo una hija que era la más hermosa de toda la tribu, ella podía deslumbrar con su belleza y todos los hombres la pretendían. Sin embargo, el viento también la quería tener y por eso mandó un tornado que se la llevó para ocultarla en un bosque.
Intentó varias veces salir del bosque donde estaba siendo secuestrada y tras mucha dificultad lo consiguió. Cuando al fin volvió con su familia y su gente, su padre dijo que no podía decir a nadie sobre la pena que había pasado.
Así fue como la princesa se calló durante años y la pena fue cada vez más grande, tanto así que su rostro se tornó feo de tanta tristeza, nadie más la volvió a pretender con tanta fealdad.
Sin embargo, un día llegó a la tribu un cacique de otra parte y venía con su hijo, quien se enamoró a primera vista de la callada, tierna e inteligente princesa. Todos sus amigos le decían que era muy fea para casarse con ella, pero él respondía que su amor era semejante.
Se casó finalmente la princesa y a su boda asistió una bruja, todos temieron y quisieron que se fuera, pero ella la abrazó pidiéndole que fuera su madrina durante la fiesta. La bruja se quedó y cuando salió la princesa de la catedral donde se casaron, todos pudieron notar que volvió a ser la chica más hermosa del mundo. Mientras tanto, el viento sopló tan fuerte que esta vez se quedó con la bruja y la transformó en una paloma.

sábado, 28 de enero de 2017

La laguna del Quilotoa

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Cuenta una leyenda de Ecuador que Pachacamac, Dios creador del universo necesitaba un mensajero entre los espíritus y los humanos, y por esto creó un ave sagrada, el cóndor.

Durante muchos años  el cóndor voló llevando las noticias que unían al cielo con la tierra, pero se sentía solo.

Un día vio a una hermosa muchacha que llevaba a las ovejas a pastar en el páramo  y de ella se enamoró,  para presentarse elegante, el cóndor robo el pocho de un pastor que dormía haciéndose pasar por un humano y trepó  a la pastora sobre sus alas, quien al sentir la libertad de los cielos, se enamoró del cóndor.  

Se fueron juntos hacia el nido y el cóndor picoteó suavemente a la joven hasta convertirla en cóndor.

sábado, 7 de septiembre de 2013

La leyenda del Calafate

Se dice que cierta vez Koonex, la anciana curandera de una tribu de tehuelches, no podía caminar más, ya que sus viejas y cansadas piernas estaban agotadas, pero la marcha no se podía detener. Entonces, Koonex comprendió la ley natural de cumplir con el destino. Las mujeres de la tribu confeccionaron un toldo con pieles de guanaco y juntaron abundante leña y alimentos para dejarle a la anciana curandera, despidiéndose de ella con el canto de la familia. Koonex, de regreso a su casa, fijó sus cansados ojos a la distancia, hasta que la gente de su tribu se perdió tras el filo de una meseta. Ella quedaba sola para morir. Todos los seres vivientes se alejaban y comenzó a sentir el silencio como un sopor pesado y envolvente. El cielo multicolor se fue extinguiendo lentamente. Pasaron muchos soles y muchas lunas, hasta la llegada de la primavera. Entonces nacieron los brotes, arribaron las golondrinas, los chorlos, los alegres chingolos, las charlatanas cotorras. Volvía la vida. Sobre los cueros del toldo de Koonex, se posó una bandada de avecillas cantando alegremente. De repente, se escuchó la voz de la anciana curandera que, desde el interior del toldo, las reprendía por haberla dejado sola durante el largo y riguroso invierno. Un chingolito, tras la sorpresa, le respondió: "nos fuimos porque en otoño comienza a escasear el alimento. Además durante el invierno no tenemos lugar en donde abrigarnos." "Los comprendo", respondió Koonex, "por eso, a partir de hoy tendrán alimento en otoño y buen abrigo en invierno, ya nunca me quedaré sola" y luego la anciana calló. Cuando una ráfaga de pronto volteó los cueros del toldo, en lugar de Koonex se hallaba un hermoso arbusto espinoso, de perfumadas flores amarillas. Al promediar el verano las delicadas flores se hicieron fruto y antes del otoño comenzaron a madurar tomando un color azulmorado de exquisito sabor y alto valor alimentario. Desde aquél día algunas aves no emigraron más y las que se habían marchado, al enterarse de la noticia, regresaron para probar el novedoso fruto del que quedaron prendados. Los tehuelches también lo probaron, adoptándolo para siempre. Desparramaron las semillas en toda la región y, a partir de entonces, "el que come Calafate, siempre vuelve."

miércoles, 30 de enero de 2013

Nephilim


Así que no sabes qué fueron o son, quizá, los Nephilim. Pues bien...
Según cuentan los padres ancianos a sus hijas soñadoras de cabello negro y ojos anhelantes en las noches de desértico verano, cuando Dios expulsó a los rebeldes de su paraíso, los ángeles amaron al hombre y le ayudaron a progresar.
Carentes, parecía, del amor del Creador, sólo hallaron consuelo en lo que más se le parecía y con hombres y mujeres concibieron una raza con toda la gloria del ángel y toda la pasión de Dios y el hombre. Fue una raza atroz de gigantes que se debatían entre furias y amores.
Los hombres y los ángeles los rechazaron y ellos mismos llegaron a odiarse. Entonces Dios, a la vez compadecido e iracundo con aquella aberración, engendró las bestias celestiales, que les dieron caza hasta su exterminio, guiadas por legiones de arcángeles. Después, las lanzó al Sheol, al cuidado del Esclavo Caído, donde esperan para actuar en la batalla de Armaggedon.
Pero cuentan las leyendas que las enamoradizas hijas susurran a escondidas de sus mayores que no cayó toda la sangre de Nephilim y, mezclados con la estirpe de la tierra, aún nacen y viven como humanos seres horribles y celestiales con toda la gloria y el mal en sus manos.
Toman el aspecto de personas incomprendidas e incomprensibles, víctimas solitarias del desarraigo.
Quién sabe de dónde venimos, ni si somos deseados, pero la soledad que me inunda de vacío en esta tarde feliz me está matando.

 (Ulises Grant)

La leyenda del dios roto




Cuenta una historia más antigua que el tiempo que los dioses estaban irritados por las continuas molestias y disputas que entre ellos provocaba el dios Bardo de la belleza. Seducía aquél a las diosas y encandilaba a las estrellas que, entre suspiros, se olvidaban de brillar.
Su perfecta belleza y encanto impedían a los dioses dar castigo al joven cantor, pues siempre conmovía el corazón del ofendido dios que contra él se alzaba. Decidieron los dioses calmar el orgullo y la arrogancia de su hermano desterrándolo de su gran morada. Para ello, pidieron al lucero del alba que se dejase atraer por sus cantos de alabanza y compartiese con el dios poeta un trago del lago de los sueños.
Así lo hizo el lucero, quedando enseguida prendado de la deidad. El dios y la estrella se reunieron junto al lago y quedó el Universo privado de su brillo. Dejóse amar el encandilado lucero y, bajo la argéntea mirada de la eterna Luna, compartió con el dios un sorbo del agua de los sueños, que une en sueños eternos a los amantes divinos.
Al otro lado del lago esperaban los dioses a que el agua encantada hiciese su efecto y que durmiesen el lucero y el dios bello para verse a salvo de su hechizo. Pero, cuando ya rozaban los ojos amantes los dedos del buen sueño, advirtió el lucero a los dioses y sus intenciones de privarle de su amado y llevarle al destierro. Saltó al aire y brilló con tanta fuerza que su destello llegó al Sol, intentando que no durmiese el artista celestial, mas ya el agua del lago hacía sus efectos y durmió el dios y cayó también durmiente, aunque resistiéndose, el lucero.
El Sol, desafiado, se acercó a batirse con el lucero, que caía presa del sueño y Luna madre, piadosa, contuvo al Sol con sus encantos para que no acabase con el astro indefenso. Desde entonces pugna Sol por acceder al lucero y el lucero hace sólo breves intentos por despertar con su brillo al dios durmiente, mientras Luna contiene al adversario y así se suceden días y noches entre intentos brillantes del lucero de despertar a la belleza.
Y así, ocurrido esto, los dioses discutieron durante muchos días y noches maravillados ante la durmiente hermosura de amaneceres, ocasos, días luminosos y noches plateadas que acababan de crear con el complot contra su hermano que reposaba. “Si alguno de ellos triunfase -pensaban- sería tan fuerte y orgulloso como nuestro hermano”. Decidieron los dioses así que no debía despertar y siguieron con su mal plan.
Para enseñarle la lección y borrar de su morada aquel orgullo, los crueles hermanos cortaron en pedazos al dios que soñaba y los esparcieron por todo el infinito para que no le extrañase ninguna estrella. Para hacerle aprender, además, obligaron a sus partes a soñar por todos los tiempos que eran alguna de las cosas que habitan bajo y sobre las estrellas.
Soñaron los fragmentos del dios a veces y otras tan sólo callaron; y se mezcló el dios con la materia. Soñaron con rocas, montañas, vientos y toda la Naturaleza y a veces soñaban con hombres y mujeres, con niños y poetas. Y en esos sueños de un dios roto llegó a la Tierra la belleza.
A veces uno de nosotros llora o siente, ríe o sueña sin dormir. A veces alguien escribe, pinta o canta, otro se enamora y aquel se lamenta en solitario. Son los fragmentos del dios los que lloran porque ya no está reunida toda la belleza. Son los fragmentos que hacen que nuestro corazón arrastre fuerte a la cabeza y nos haga querer amar a la Luna y las estrellas.
Grande era el orgullo del dios y mejor es que no aprenda, pues ya hay humanos humildes que se saben sin belleza y no es justo que la pierda el mundo debido a un dios que despierta. Aunque quizás eso no sea más que lo que aprende el soñador poeta: que es más hermosa entre sombras fragmentada la belleza que en un solo ser, cegadora y entera.
Cuenta esta antigua leyenda que todos tenemos del dios un poco de su conciencia. Si es así y resulta cierta, mantén tu alma despierta para oír los sentimientos de cualquiera, pues quizás no sean más que los sueños de un dios que sueña.

Ulises Grant.

martes, 12 de octubre de 2010

Victoria Regia




Cuentan los nativos de la tribu amazónica Tupí-Guaraní que cuando la luna desaparece del cielo al nacer el día, y parece perderse entre los montes, va en realidad a descansar junto a las muchachas que ha elegido como amigas. Y que de tanto en tanto, transforma en estrellas a las que le son más queridas. Cuentan también que hace muchos, muchísimos años la princesa Naiá, la bella hija del jefe de la tribu, conoció la historia e, impresionada, quiso convertirse ella también en estrella.

Por eso cada noche, cuando todos dormían, Naiá se levantaba sigilosa y salía a vagar por las colinas con la esperanza de que la luna la viese y la eligiese como amiga. Pero la luna nunca venía a buscarla, ni parecía conmoverse por el llanto de la muchacha, que cada mañana regresaba a su aldea sumida en una tristeza más y más profunda. Una noche, Naiá llegó a la orilla de un lago y descubrió a la luna brillando nítida y redonda sobre las aguas.

Llena de felicidad, creyendo que por fin había bajado a buscarla, la princesa se internó profundamente en las aguas del lago, donde murió ahogada. La luna, conmovida por la fuerza del sueño de la muchacha, quiso entonces cumplir su deseo y transformarla en una estrella. Pero en una estrella diferente y especial, más cercana que las distantes estrellas del cielo, para que todos recordasen a Naiá para siempre.

Y así fue como de las aguas del lago surgió la victoria regia, la estrella de las aguas, esa bellísima planta acuática que deslumbra a todo aquel que visite la selva amazónica. Una planta cuyas flores blancas y perfumadas se abren de noche, para saludar a la luna, y se vuelven rosadas con la salida del sol.

Poco importa a los nativos que algún botánico obsecuente la haya bautizado victoria regia nada menos que en honor a la reina Victoria de Inglaterra. O que actualmente, en un rasgo de corrección política, se proponga denominarla victoria amazónica. Para ellos, la hermosa flor nocturna no es ni será nunca otra cosa que el deseo cumplido de Naiá.

(De la web La Lanza del Destino)

jueves, 14 de enero de 2010

El Faro


El terrible arrecife que se extiende a lo largo de la costa de Cohasset, en el Nuevo Mundo, acabó por adquirir una triste fama con el transcurso de los años. Sus rocas están cubiertas de algas y de fuco que podrían tomarse por cabezas de monstruos marinos flotando tranquilamente en la superficie de las aguas. Muchos restos reposan sobre las arenas traidoras del arrecife o empalidecen entre sus rocas escarpadas. Han intentdo varias veces construir un faro para advertir del peligro, pero ¿acado el hombre puede desafiar a las fuerzas de la naturaleza?,


En el otoño de 1849, las tempestades fueron de una rara violencia en la costa de Cohasset. Se contaron más de cien ahogados, sepultados por la furia de las olas. Se produjo el naufragio de un barco de inmigrantes, el desafortunado Saint John's, que se hundió cuando el puerto ya estaba a la vista. Encontraron veintisiete cadáveres, a los que se enterró en el cementerio de la aldea vecina.

Tras este terrible accidente, decidieron por fin construir un faro para advertir a los navíos del siniestro arrecife.

No era una tarea sencilla: todo el que, en su día de temporal durante el invierno, haya caminado por la orilla de los acantilados que bordean los arrecifes, conoce la furia de las aguas y la fuerza de las olas. construir un faro en ese lugar era una locura y todos lo sabían. Pero era la única forma de evitar que el océano siguiera llevándose tantas vidas. Así que, en el verano de 1850, el gobierno envió a un ingeniero para que comenzara los trabajos. En Cohasset no faltaban los comentarios:

-Construir un faro en ese lugar, ¡que locura! - suspiraban unos-. La muerte se ha instalado allí ¡es un lugar de duelo! ¡No hay nada que hacer! ¡El mar barrerá todo!.

- Al contrario -decían otros-. ¡La empresa es temeraria! ¿Seremos los pioneros! Hay que desafiar a la naturaleza. ¡Vencer al mar!.

Y eso fue lo que hicieron. Contra la opinión de muchas personas, decidieron levantar una construcción ligera y alta. Pensaban que contra las tempestades no había nada mejor que los materiales ligeros. Allí, en América, conocían la fábula del junco y la encina.

-Se plegará, pero no se romperá -afirmaba el jefe de las obras.

Anclaron profundamente los cuatro pilares en los fondos marinos y colocaron la lámpara y su cubierta a más de diez metros de altura. El faro parecía un extraño zuncado.

Durante varias semanas, el mar avanzó a sus pies, rompiendo las olas sobre él, como para impresionarlo, para resistir. Empezaron a murmurar que el hombre había vencido al mar. Por la noche, la luz de la lámpara brillaba como el primer fuego del mundo.

El ingeniero, que se había quedado en la zona para comprobar el funcionamiento del faro, hinchaba el pecho orgulloso.

-¿Acaso no tenía yo razón al desafiar a las tormentas? ¿Qué pueden las olas contra la ciencia, amigos?

Y, moviendo la cabeza, seguro de sí mismo;

-Creedme, el Hombre fue creado para dominar al mundo.

Todos le creyeron. hasta el 14 de abril de 1851, cuando se desató un tremendo temporal. Ningún marinero recordaba tal violencia en las aguas. Como invadido por la rabia, el océano escupía su espuma sobre los acantilados, socavando la costa con sus olas monstruosas y arrojándose sobre el faro con una fuerza inaudita.

El faro se balanceaba produciendo unos crujidos terribles. No era el primer vendaval al que tenía que enfrentarse. Muchas borrascas habían soplado ya sobre él, muchas olas habían intentado trochar sus cuatro pilares. Todo había sido en vano, hasta entonces.

Pero aquella ves la tempestad duró dos días. Dos días enteros durante los cuales el viento, ráfaga tras ráfaga, y el océano, ola tras ola, se encarnizaron con el faro. El cielo se oscureció de tal forma, que el faro desapareció entre la bruma y la espuma burbujeante.

-Resistirá - afirmo el ingeniero.

La furia se calmó el tercer día. Unos paseantes descubrieron trozos de madera y chatarra en la playa devastada. Corrieron al acantilado que daba al mar.
Todo estaba tranquilo. soplaba una brisa ligera y el agua estaba en calma.

Pero del extraño zuncado plantado en el mar no quedaba nada. El océano ´lo había destruido y se lo había tragado como si fuera una mala verruga.

El faro había sido simplemente un huésped del paso. Un huésped indeseable que el agua barrió como un montón de paja.

(De la red)

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