domingo, 1 de febrero de 2009
Urashima y su Viaje al Fondo del Mar
Una mañana, el muchacho se fue a pescar. Tomó el camino que conducía a la playa y cuando llegó puso la barca en el agua, se montó en ella y remó mar adentro. Llevaba largo rato remando y por momentos perdió de vista la orilla; decidió echar al agua su red y cuando tiró para sacarla hacia fuera notó que le pesaba más que de costumbre. Cuando logró levantarla, con gran sorpresa, vio que dentro de la red estaba la tortuga que él mismo echó al mar, la cual, dirigiéndose a él, le dijo que el rey de los mares, que había visto su buen corazón, la enviaba para conducirle a su palacio y casarle con su hija, la princesa Otohime. A Urashima le entusiasmaban las aventuras y accedió muy gustoso, aunque la incertidumbre no dejaba de merodearle en su cabeza. Juntos, la tortuga y Urashima, se fueron mar adentro hasta que llegaron a Riugú, la ciudad del reino del mar. Era maravillosa. Sus casas eran de esmeralda y los tejidos de oro; el suelo estaba cubierto de perlas y grandes árboles de coral que daban sombra a los jardines; sus hojas eran de nácar y sus frutos de las más bellas pedrerías.
Hacia los asombrados ojos de Urashima, avanzaba una hermosísima doncella: era Otohime, la hija del rey del mar. Le recibió como a un esposo y juntos vivieron varios días en una completa felicidad. Todos colmaban al pescador de todo género de atenciones, y entre tanta delicia, Urashima no sintió que el tiempo pasaba. No podía precisar desde cuándo estaba allí. ¿Para qué iba a querer saberlo? No debía importarle. La vida en aquel maravilloso lugar le parecía inmejorable; nunca pudo soñar nada semejante. Y cuando más feliz estaba, sucedió que un día se acordó de sus padres. ¿Qué sería de ellos? Sin duda sufrirían mucho sin saber lo que había sido de él. Y desde aquel momento la tristeza se apoderó de todo su ser. Nada lograba distraerle; ya no encontraba aquel lugar tan encantador y hasta le pareció menos bello. Sólo deseaba una cosa: volver junto a sus queridos padres. Y así se lo comunicó una mañana a su esposa, cuando ésta procuraba por todos los medios averiguar la causa de su pena. Al decirle Urashima lo que quería, Otohime se entristeció; procuró convencerle de que se quedara junto a ella, pero nada cambió su decisión, ni siquiera el amor que ambos habían cultivado juntos todo ese largo tiempo. El pescador estaba firme en su propósito. Así, pues, Otohime prometió devolverle a la aldea y con un lucido cortejo le acompañó hasta la playa. Cuando al fin llegaron, la princesa entregó a Urashima una pequeña caja de laca, atada con un cordón de seda. Le recomendó que, si quería volver a verla, nunca la abriese. Después se despidió de él y con su acompañamiento se internó en el mar.
Pronto Urashima la perdió de vista. Con la cajita en sus manos, miraba fijamente a las aguas. Así estuvo algún tiempo y después recorrió la playa con la esperanza de ver de nuevo a su padres. De nuevo estaba en su pueblecito. Las mismas arenas, las rocas de siempre, el mismo sitio donde de pequeño tantas veces había ido a jugar. Le parecía que su vida en la cuidad del mar había sido un sueño. "¡Qué lejos todo aquello!" pensó. Entonces encaminó sus pasos hacia su casa, pero cuando entró en la aldea no supo por dónde tirar. La encontraba completamente cambiada, no la reconocía. Las casas eran más grandes que antaño, con tejados de pizarra que sustituían a los de paja, todo era diferente. La gente se vestía con vistosos quimonos bordados. Parecía otro lugar. Y, sin embargo, era su pueblo, estaba convencido de ello. La misma playa, las mismas montañas, sólo las casas y la gente habían cambiado. Entonces decidió preguntar a unos muchachos dónde se encontraba la casa del pescador Urashima, puesto que éste era también el nombre de su padre. Los muchachos no supieron responderle, no conocían a tal pescador. Entró en un comercio e hizo la misma pregunta al dueño, pero éste le dijo lo mismo que los chicos, "nunca habían oído hablar de tal pescador". Entonces pensó que quizás tampoco era cierto el hecho de que su padre de siempre le transmitió que un anciano legendario del pueblo era el que creía conocer a todos los habitantes de la pequeña aldea. En esto quizás sí acertó su padre, porque al pasar por allí un hombre que debía de tener muchos años, a juzgar por su apariencia, dijo con voz tenue que él sabía mil historietas antiguas del pueblo y conocía las vidas de sus antiguos habitantes. Urashima se dirigió a él, por indicación del dueño de la tienda y le preguntó dónde estaba la casa del pescador Urashima. El viejo no contestó, se quedó un momento pensativo, y al cabo de un rato reaccionó diciendo.
-Casi lo había olvidado, hijo. Han pasado más de cien años desde que murió el matrimonio. Su único hijo cuenta la leyenda que un día salió a pescar y que a partir de entonces nadie volvió a saber lo que le sucedió al pequeño.
Urashima empezó a comprender. Mientras vivió en la ciudad del mar había perdido la noción del tiempo. Lo que le habían parecido sólo unos cuantos días en realidad habían sido más de cien años. No supo qué hacer. Se encontraba completamente solo en un pueblo que, aunque era el suyo, le era total y en absoluto extraño. Entonces se dirigió a la playa de nuevo, añoraba, ahora, y comprendía, entonces, el poco amor que le quedó por descubrir y prometió volver al encuentro con la princesa Otohime.Pero pensó "¿Cómo puedo llegar hasta ella?"
En su precipitación por ver a sus padres olvidó cuándo se despidieron. También preguntarle de qué medio se valdría para volver a verla. Y de pronto recordó la cajita que tenía entre sus manos. Se olvidó de que no debía abrirla y pensó que haciéndolo quizá pudiera ir junto a Otohime. Desató sus cordones y la destapó, abriéndola por completo. Al instante salió de ella una nubecilla que se fué elevando, elevando, hasta perderse de vista. En vano Urashima intentó alcanzarla. Entonces recordó la recomendación de la princesa, su atolondramiento le había dejado en blanco. Ya no volvería a verla. Sintió, pues, que sus fuerzas le abandonaban, que sus cabellos encanecían, que su rostro se marcaba de innumerables arrugas, haciendo de su piel una suave tela; su corazón cesó poco a poco hasta que dejó de latir, hasta que al fin cayó al suelo precipitadamente, con la mirada perdida en el firmamento. Cuando a la mañana siguiente fueron los muchachos a bañarse, vieron tendido en la arena a un hombre decrépito, sin vida. Era Urashima que había muerto de viejo.
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La Khantuta
-Es sin objeto la belleza que dura sólo instantes. ¿De qué sirve que yo sea el poseedor de todos los colores? ¿Por qué debo retenerlos en mí? ¡Oh! triste suerte del Dios joven, cuya belleza es como un fuego fatuo. ¡Oh, padre Wiracocha, permite que este manantial guardado en mí, aquiete los afanes de belleza, que son sed de amor en esos pobres seres, tus mortales criaturas!
El Dios Kjunu, dios de las nieves -venerable entre los dioses por su edad- vestido de alba yacolla desde lejos escuchaba los lamentos, y nada podía hacer para consolar al joven dios.
Cuurmi lanzaba nuevamente su liwiña para después sumergirse en el sopor de su tristeza.
-¡Oh, dolor de fuego que enciendes mis entrañas! ¿Por qué debe morir en mí lo que puedo compartir con los humanos?
Y el venerable Kjunu ensombreció el horizonte con su aliento para que las quejas del dios joven no enturbiaran su corazón.
En la espesura de algunos valles del dilatado Kollasuyo, crece una planta, cuyas flores, campánulas blancas, en cierta época del año, al roce de un ligero vientecillo, hacen vibrar sus estambres y pistilos, tan intensamente que tañen melodías de singular belleza. Los aborígenes la llaman Khantu y le atribuyen poderes inspiradores para los músicos que se acercan a aspirar su fragancia.
Wiracocha, padre de los dioses, escuchó las lamentaciones del dios joven, se dolió hondo y buscó la manera de amenguar la tristeza de Cuurmi. Lo llamó, severo, y le recriminó:
-Tus afanes, son impropios de tu calidad. Sólo el hombre, mísero mortal, vive y muere transido de eternidad. Tú eres progenie de dioses. ¡Los dioses son eternos como efímeros son los hombres! He escuchado tus lamentaciones y como padre tuyo he hecho mía tu desesperanza. Escucha Cuurmi, joven impetuoso e impaciente, a Khantu la bella flor, inmaculada y virgen que vive en los bajíos del Kollasuyo, la desposarás cuando mamá Pfajsi, madre Luna, se encuentre en el cenit.
Cuurmi obedeció a su padre y en una noche de luna, translúcido de palidez y tembloroso de amor, atrajo a su pecho a Khantu. Aspiró profundamente su fragancia y ella, la campánula alba, se impregnó de los colores de Cuurni. Del raro acoplamiento germinó una hermosa flor con los tres colores del Arco Iris: rojo, amarillo y verde.
Wiracocha, pleno de dicha, observó su milagro, y ordenó a Huara-tata, dios de los vientos, que esparciera por los cuatro horizontes del Kollasuyo la semilla de Khantu, para que así Cuurmi cumpliera su deseo de eternizarse en la tierra.
Ésta es la leyenda de la Khantuta, flor imperial para los incas, y símbolo patrio de la República de Bolivia.
(Del libro Brujerías, tradiciones y leyendas, de Antonio Paredes Candia)
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Las Cataratas de Iguazú
A orillas del Iguazú tenían sus poblados los indios caigangues que vivían felices en las fértiles tierras bañadas por el río en dónde habitaba el dios Mboi, hijo de Tupá. Este dios que tenía aspecto de monstruosa serpiente, sólo les exigía como pago por su protección que una vez al año le fuera entregada una bella joven que debía de ser arrojada al río para que viviera solamente para su culto.
Esta ceremonia era muy importante para la aldea y por eso, el día señalado para la ofrenda, se celebraba una gran fiesta a la que eran invitadas las tribus vecinas. Un año fue elegida para el sacrificio la hija de Igobi, el cacique de la aldea, una hermosa joven llamada Naipí de la que se decía que cuando se asomaba al río éste se detenía para contemplar su belleza, quizás por eso Mboi estaba tan satisfecho con la ofrenda. Pero las cosas se iban a complicar un poco pues al frente de una de las tribus invitadas llegó un apuesto muchacho llamado Tarobá que al ver a la joven quedó prendado de su belleza hasta el punto de que decidió hablar con el padre de Naipí y con los ancianos de la tribu para salvar a la joven. Pero éstos no se dejaron convencer, la ofrenda era digna del dios y sería entregada.
Tarobá no se rindió y pensó que sólo la podría salvar si la raptaba, así que esperó a que la fiesta estuviera en su momento mas intenso y mientas el hechicero y los caciques bebían cauim (bebida hecha con mandioca o maíz fermentado) y los guerreros danzaban, él tomó a Naipí de la mano y la condujo a una canoa que tenía preparada en el río. Nadie se dio cuenta de la desaparición de la pareja, nadie excepto Mboi, que desde el río observaba la fiesta en la que le sería ofrecida la joven.
Tarobá impulsaba la canoa río abajo ayudado por la corriente, pero Mboi que estaba furioso comenzó a perseguirlos y su cólera fue tal que penetró en las profundidades de la tierra logrando que el curso de río se rompiera en dos partes, una se elevó a gran altura y la otra se hundió produciendo que el agua al caer formara una gran catarata que arrastró la canoa en donde viajaban los enamorados.
Pero esto no suavizó la furia de Mboi, no le bastaba con que ambos murieran, deseaba para ellos un gran castigo que durara eternamente, así que transformó a Tarobá en un árbol que nació inclinado sobre las aguas como queriendo alcanza a Naipí que a su vez fue convertida en una roca situada en el centro del río justo en el lugar en donde cae con más fuerza el agua de la cascada, luego él se adentró en una gran cueva para poder vigilarlos e impedir que se unieran de alguna manera.
Pero la fuerza del amor siempre intenta que dos corazones que se aman puedan en algún momento unirse y por eso, en días en que el sol luce con intensidad, surge un arco iris que enlaza al árbol con la roca permitiendo que durante un momento los amantes se encuentren a pesar de la oposición de Mboi.
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martes, 27 de enero de 2009
El Amante Errante
Una noche de verano, oyó a lo lejos el llanto de un joven, entonces empujada por la natural curiosidad, bajó a la Tierra encarnada en un bello cisne para contemplar aquel melancólico sentimiento. Luna se acercó hasta un lago próximo al joven para poder escuchar sus lamentos:
- !Ohhhhhh¡ desolador murmullo de la Dama del Amor. ¿ Por qué primero me hechizaste con el don del amor y ahora me arrebatas a mi amada, a mi vida? ¿Por qué juegas con el destino y la existencia de los débiles hombres? Maldigo el día en el que ame con todo mi corazón y ella respondió a mis sentimientos de amor verdadero, con falsos !Te Quiero!. ¿No hay lugar en este cruel mundo para el verdadero y eterno amor? ¿ No puedo ser amado?Pero eso ya da igual, por que con la compañía de esta calurosa noche que hiela mis entrañas y con el murmullo de las aguas, quiero segar mi alma y unirme con la nada para no sufrir más.
Después de estas palabras de infinita tristeza, el joven dió fin a la larga vida que le quedaba, apuñalándose con una brillante daga. Pero antes de morir y con su última bocanada de vida susurró: "Te quiero………." Y allí acabó su melancólica existencia.
La Luna atónita y desconcertada empezó a llorar y sus lágrimas de polvo plateado se alzaron al cielo y crearon bellas estrellas. La luna en sus pensamientos de misericordia pensó: "que estas estrellas guíen y reconforten a aquellos que aman con toda su alma, pero no son amados de tal modo".
Cuenta el final de la leyenda que cada vez que no esta Luna en el cielo es porque, triste y desamparada por el recuerdo del joven que murió por amor, se retira al lo mas lejano del cosmos a llorar, porque ella, aun siendo amada, nunca podrá devolver ese amor que los hombres le entregan.
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El Pozo Amargo
Tiempo ha que en la noble mansión de doña Leonor el silencio es absoluto. Terminado el rosario, que pasa la propia dueña después de yantar de la noche, los criados, una vez apagadas las luces y escudriñados rincones, retíranse a su aposento a descansar.
Todo es silencio en la noche estrellada y lunar. De improviso, una sombra surge del portal, que con mucho sigilo y cuidando que los goznes no chirríen, cierra las claveteadas puertas, y calado el chambergo, embozado en su amplia capa carmesí y con la mano en la empuñadura de la espada, se aleja procurando que el ruido de las espuelas no le delate. Es el joven don Fernando, que, presuroso, se dirige por la actual calle del Nuncio Viejo, sorteando encrucijadas peligrosas, a ver a Raquel, la bella hebrea, señora de sus pensamientos.
Sonoras e imponentes caen sobre Toledo las diez campanadas de la noche. Don Fernando encamina sus pasos calle abajo, hasta detenerse junto a las tapias de un frondoso jardín que circunda el palacio del potentado israelita Leví. La noche, con su silencio perfumado de mirtos y claveles, envuelve acogedora las fragancias líricas de la juventud. Con cuchillos de plata, la luna hiere en un ventanal sus góticos ajimeces, mientras riela temblorosa, al murmullo del surtidor, en el estanque del jardín.
Como a una cita prevista, en la ventana aparece Raquel, la hija única del potentado judío. Don Fernando, al verla, hace una cortés reverencia, y con agilidad increíble, asiéndose a las yedras y a los salientes, escala la tapia y va a reunirse con la amada en el fondo del jardín. La luna, con su cara enyesada, sonríe funambulescamente al ocultarse entre los jirones de tul de las nubes, pero no sin antes arrancar destellos de una daga que describe una curva de muerte y va por la espalda al corazón de don Fernando. Un gemido ahogado y un cuerpo que se desploma sin vida sobre la arena del jardín, mientras que la sombra homicida se pierde en las frondas. Acude Raquel, y un grito siniestro se escapa de su pecho al ver sangrando en tierra al caballero. La luna se ha ocultado ahora entre nubes cárdenas y estalla el trueno, al tiempo que resuena una carcajada del viejo vengativo.
Todas las noches Raquel acude como a cita imaginaria al brocal del pozo del jardín. Su blanca silueta destaca sobre el fondo verdinegro de los vergeles, mientras sus pálidas manos enlazadas descansan sobre el regazo. Vierte sus lágrimas doloridas en el fondo del pozo, cuyas aguas un día se hacen amargas. Y cierta noche, en el sortilegio del plenilunio, la infeliz Raquel, en su extravío, creyendo ver en las aguas de la cisterna la imagen del amado, es atraída por ella a lo hondo.
Esta es la leyenda que dio nombre a la calle del Pozo Amargo de Toledo, en cuya plaza solitaria verás una losa que cubre aquella poterna de aguas no salobres, sino amargas de las lágrimas que en ella derramó la bella israelita.
(Leyenda Toledana, Autor: Pablo Gamarra)
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domingo, 25 de enero de 2009
La Dama Azul
La contienda anglo-española de 1739 a 1748 fue la causa fundamental de la edificación de Nuestra señora de los Ángeles de Jagua, fortaleza que protegió a la bahía de Cienfuegos de los ataques de corsarios y piratas; instalación que es hoy Monumento Nacional y la tercera en importancia del país.
Transmitida por tradición oral de generación en generación, surgió una leyenda, llena de encantadores espejismos, pero siempre grata y entretenida y está relacionada con el primer comandante de la fortaleza don Juan Castillo Cabeza de Vaca y su esposa Leonor de Cárdenas, que fue enterrada en la capilla del lugar.
Cuentan que de noche, cuando la guarnición descansaba y la calma era turbada únicamente por el monótono ritmo de las olas, un ave rara venida de ignotas regiones, de gran tamaño y plumaje lanzaba agudos graznidos y describía sobre el castillo extrañas espirales.
Como si respondiera a un llamamiento de la misteriosa ave, salía de la capilla de la fortaleza, o mejor dicho, se desprendía de sus paredes un fantasma o sombra de mujer, alta, elegante, vestida de brocado azul y cubierta de cabeza a pies por un velo del mismo color transparente y flotaba en el aire para desaparecer súbitamente.
La fantástica visión se repetía varias noches y producía el natural temor entre los soldados. Había en el castillo un joven alférez, recién llegado, arrogante y decidido que no creía en fantasmas y se dispuso una noche a sustituir al centinela. Cuando vio la Dama Azul dominó sus nervios y fue a su encuentro.
¿Qué pasó entre la Dama Azul y el alférez? Nadie lo ha podido averiguar, pero a la mañana siguiente los soldados hallaron al joven tendido en el suelo, sin conocimiento y envuelto en un manto azul. Cuando se recuperó de su letargo había perdido la razón y fue recluido en un manicomio.
Todavía es creencia de algunos supersticiosos que la Dama Azul hace de noche sus apariciones y se pasea impávida sobre los muros de la fortaleza cienfueguera.
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La Dama de los Ojos Sin Brillo
La infanta Catalina de Austria, duquesa de Saboya recibió en Toledo una majestuosa fiesta en una noche que se hizo memorable en los anales de nuestra ciudad por el indudable porte de los asistentes a tan sonado festín…
A media noche, cuando aún resonaban las campanadas en el reloj del monasterio de Santo Domingo el Real, cercano a donde se realizaba el acto, uno de los nobles caballeros invitados al ágape, a la sazón consejero general de Finanzas y auditor de su Majestad don Sancho de Córdoba, presenció como una bella dama pasaba sigilosamente entre los grupos allí congregados.
Atraído por la belleza de la dama, y la fascinación que inspiraba, a ella se aproximó e invitó para acompañarle en el baile que en ese momento comenzaba. No recibía respuesta a sus palabras de elogio de tan bella mujer, a la que ahora guiaba. La sensación que emanaba era de una lividez extrema de su rostro que, incluso facilitaba la sensación de no pisar la maravillosa alfombra que adornaba el área destinado a la danza en tan bello palacio toledano.
Tras finalizar el baile, salieron al patio exterior, maravillosamente adornado con innumerables plantas, al estilo de cómo se hace en Toledo durante el Corpus, que no quedaba muy lejano, y de las que emanaban un frescor acompañado por el murmullo de una fuente central magníficamente realizada. Hacía cierto frescor nocturno y la dama no tapaba su generoso escote con alguna prenda de abrigo, por lo que él, puso su roja capa con noble broche de oro sobre los hombros de la dama, que caminaba sin decir palabra. Tan sólo, tras acoger la capa en sus blancos hombros profirió una queja, un lamento: “Qué frío”.
Llevó el caballero a la Dama dando un breve paseo hacia su residencia, y al llegar cerca del Miradero, la dama rompió su silencio de nuevo:
- Caballero, no de un paso más en mi compañía, pues de seguir a mi lado me haría una grave ofensa. Envíe al día siguiente a un criado a por su capa a la calle Aljibes, en la casa de la Condesa de Orsino.
El caballero accedió cortésmente con la esperanza de ser él mismo el que recogiera la capa.
La dama se perdió entre las sombras de la noche toledana, mientras él la veía alejarse lentamente, observando fascinado el suave caminar de ésta.
Durante la noche, no dejó el caballero de pensar en la intrigante y fría belleza de la dama. Pero lo que más le intrigaba era su mirada: sus ojos no tenían brillo.
Al día siguiente, dirigióse él personalmente en busca de la capa. El palacio estaba en una estrecha calleja en cuyo fondo se observaba una cruz. Llamó al enorme portón de madera y al poco se escucharon unos pasos y el descorrer de un pesado cerrojo tras el que se abrió un pequeño cuarterón de la puerta tras el que un anciano le preguntó qué era lo que deseaba. Preguntó por la dama, a lo que el anciano respondió que allí nadie vivía que respondiese a esa descripción, aunque permitió el paso del caballero, que fue recibido posteriormente por una noble señora enlutada, a la que refirió toda la historia acontecida la pasada noche. La dama le respondió que probablemente habría sido objeto de una pesada broma, puesto la dama a la que él hacía referencia, por la notable descripción realizada, era su hija y ya iba para dos meses que era muerta y enterrada.
El caballero sintió pesar por lo que creía una terrible equivocación, y cuál no fue su sorpresa que, buscando el salir de la casa, levantó los ojos y contempló un cuadro de gran tamaño que representaba a una dama exactamente igual a la de la noche anterior: el mismo rostro, el mismo vestido, el mismo anillo en su mano izquierda…
- Señora ¿quién es esta hermosa dama?
- La misma hija que por desgracia os dije que perdí.
- Pero… ¡si es la misma a la que yo anoche acompañé!
- Caballero, de nuevo ofendéis mi casa… Soñáis, acaso, o sois presa de alucinación, pues ya os dije que hace tiempo que falleció.
Como hechizado salió de esta casa y regresó a su palacio. Pasó dos días con terrible pesar, seguro de lo que había vivido aquella noche.
A la mañana siguiente, un hombre se presentó con la roja capa, que puso sobre los hombros de la dama aquella noche… Había reconocido al dueño de la capa por las armas del broche que portaba…
- ¿Dónde la hallaste? Preguntó con ansiedad el caballero.
- En el Campo Santo, junto a la tumba de la condesita de Orsino.
(Leyenda Toledana)
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