sábado, 17 de enero de 2009

La Dama de Shalott




A ambos lados del río se despliegan
sembrados de cebada y de centeno
que visten la meseta y el cielo tocan;
y corre junto al campo la calzada
que va hasta Camelot la de las torres;
y va la gente en idas y venidas,
donde los lirios crecen contemplando,
en torno de la isla de allí abajo,
la isla de Shalott.

El sauce palidece, tiembla el álamo,
cae en sombras la brisa, y se estremece
en esa ola que corre sin cesar
a orillas de la isla por el río
que fluye descendiendo a Camelot.
Cuatro muros y cuatro torres grises
dominan un lugar lleno de flores,
y en la isla silenciosa vive oculta
la Dama de Shalott.

Junto al margen velado por los sauces
deslízanse tiradas las gabarras
por morosos caballos. Sin saludos,
pasa como volando la falúa,
con su vela de seda a Camelot:
mas, ¿ quién la ha visto hacer un ademán
o la ha visto asomada a la ventana?
¿O es que es conocida en todo el reino,
la Dama de Shalott?

Sólo al amanecer, los segadores
que siegan las espigas de cebada
escuchan la canción que trae el eco
del río que serpea, transparente,
y que va a Camelot la de las torres.
Y con la luna, el segador cansado,
que apila las gavillas en la tierra,
susurra al escucharla: «Ésa es el hada,
la Dama de Shalott».





II

Allí está ella, que teje noche y día
una mágica tela de colores.
Ha escuchado un susurro que le anuncia
que alguna horrible maldición le aguarda
si mira en dirección a Camelot.
No sabe qué será el encantamiento,
y así sigue tejiendo sin parar,
y ya sólo de eso se preocupa
la Dama de Shalott.

Y moviéndose en un límpido espejo
que está delante de ella todo el año,
se aparecen del mundo las tinieblas.
Allí ve la cercana carretera
que abajo serpea hasta Camelot:
allí gira del río el remolino,
y allí los más cerriles aldeanos
y las capas encarnadas de las mozas
pasan junto a Shalott.

A veces, un tropel de damiselas,
un abad tendido en almohadones,
un zagal con el pelo ensortijado,
o un paje con vestido carmesí
van hacia Camelot la de las torres.
Y alguna vez, en el azul espejo,
cabalgan dos a dos los caballeros:
no tiene caballero que la sirva
la Dama de Shalott.

Pero aún ella goza cuando teje
las mágicas visiones del espejo:
a menudo en las noches silenciosas
un funeral con velas y penachos
con su música iba a Camelot;
o cuando estaba la luna en el cielo
venían dos amantes ya casados.
«Harta estoy de tinieblas», se decía
la Dama de Shalott.



III

A un tiro de flecha de su alero
cabalgaba él en medio de las mieses:
venía el sol brillando entre las hojas,
llameando en las broncíneas grebas
del audaz y valiente Lanzarote.
Un cruzado por siempre de rodillas
ante una dama fulgía en su escudo
por los remotos campos amarillos
cercanos a Shalott.

Lucía libre la enjoyada brida
como un ramal de estrellas que se ve
prendido de la áurea galaxia.
Sonaban los alegres cascabeles
mientras él cabalgaba a Camelot:
y de su heráldica trena colgaba
un potente clarín todo de plata;
tintineaba, al trote, su armadura
muy cerca de Shalott.

Bajo el azul del cielo despejado
su silla tan lujosa refulgía
el yelmo y la alta pluma sobre el yelmo
como una sola llama ardían juntos
mientras él cabalgaba a Camelot.
Tal sucede en la noche purpúrea
bajo constelaciones luminosas,
un barbado meteoro se aproxima
a la quieta Shalott.

Su clara frente al sol resplandecía,
montado en su corcel de hermosos cascos;
pendían de debajo de su yelmo
sus bucles que eran negros cual tizones
mientras él cabalgaba a Camelot.
Al pasar por la orilla y junto al río
brillaba en el espejo de cristal.
«Tiroliro», por la margen del río
cantaba Lanzarote.

Ella dejó el paño, dejó el telar,
a través de la estancia dio tres pasos,
vio que su lirio de agua florecía,
contempló el yelmo y contempló la pluma,
dirigió su mirada a Camelot.
Salió volando el hilo por los aires,
de lado a lado se quebró el espejo.
«Es ésta ya la maldición», gritó
la Dama de Shalott.


IV

Al soplo huracanado del levante,
los bosques sin color languidecían;
las aguas lamentábanse en la orilla;
con un cielo plomizo y bajo, estaba
lloviendo en Camelot la de las torres.
Ella descendió y encontró una barca
bajo un sauce flotando entre las aguas,
y en torno de la proa dejó escrito
La Dama de Shalott.

Y a través de la niebla, río abajo,
cual temerario vidente en un trance
que ve todos sus propios infortunios,
vidriada la expresión de su semblante,
dirigió su mirada a Camelot.
Y luego, a la caída de la tarde,
retiró la cadena y se tendió;
muy lejos la arrastró el ancho caudal,
la Dama de Shalott.

Echada, toda de un níveo blanco
que flotaba a los lados libremente
—leves hojas cayendo sobre ella—,
a través de los ruidos de la noche
fue deslizándose hasta Camelot.
Y en tanto que la barca serpeaba
entre cerros de sauces y sembrados,
cantar la oyeron su canción postrera,
la Dama de Shalott.

Oyeron un himno doliente y sacro
cantado en alto, cantado quedamente,
hasta que se heló su sangre despacio
y sus ojos se nublaron del todo
vueltos a Camelot la de las torres.
Cuando llegaba ya con la corriente
a la primera casa junto al agua,
cantando su canción, ella murió,
la Dama de Shalott.

Por debajo de torres y balcones,
junto a muros de calles y jardines,
su forma resplandeciente flotaba,
su mortal palidez entre las casas,
ya silenciosamente en Camelot.
Viniendo de los muelles se acercaron
caballero y burgués, señor y dama,
y su nombre leyeron en la proa,
La Dama de Shalott.

¿Quién es ésta? ¿Y qué es lo que hace aquí?
Y en el cercano palacio encendido
se extinguió la alegría cortesana,
y llenos de temor se santiguaron
en Camelot los caballeros todos.
Pero quedó pensativo Lanzarote;
luego dijo: «Tiene un hermoso rostro;
que Dios se apiade de ella, en su clemencia,
la Dama de Shalott».

(Alfred Tennyson)

domingo, 11 de enero de 2009

Los amantes de las Cardas

Quien desde los alrededores de Coquimbo mire los cerros que se elevan hacia el lado de Ovalle y se entretenga en recorrerlos con la vista, advertirá que, al llegar a Las Cardas, el perfil de aquellas elevaciones del terreno se aparta de su natural regularidad y describe dos figuras de proporciones colosales: la de una mujer tendida de espaldas y la de un hombre que se inclina en actitud acariciadora.
Los viejos de los contornos aseguran que aquel grupo eternizado en piedra sobre los cerros es el recuerdo de una vieja y dramática historia de amor.
Cerca de Tamaya, según cuentan, vivía entonces una buena familia, a la que pertenecía una joven, casi una niña todavía, linda como una flor. Todos los mozos la pretendían, pero ella, quizá porque no habían brotado aún en su alma las inclinaciones y sentimientos propios de la mujer, no hacía caso a ningún pretendiente y seguía entregada a entretenimientos y diversiones infantiles.
Pero un día, un día fatal para aquella dichosa familia, llegó a la casa un desconocido en demanda de trabajo, y tuvieron la desafortunada idea de emplearlo.
Era un hombre vulgar y de facultades nada extraordinarias para las faenas que se le encomendaron. Más que de trabajar, gustaba de contar sucesos acaecidos en diversos lugares. Nunca hablaba de sí mismo. Pero como en los pueblos no se resignan a ignorar la vida de las personas que en él residen, al poco tiempo de estar allí ya se había averiguado, o imaginado, la del desconocido. Se empezó a decir que era un vagabundo, que estaba envuelto en una historia muy oscura.
La mirada y la voz constituían las dos únicas notas singulares del extraño personaje: una mirada penetrante y dura, con quiebros cariñosos, y una voz que encantaba los campos con sus cantos.
Aquel aventurero audaz y mundano empezó por entretener a la niña con sus maravillosos relatos y terminó por despertar en ella las inquietudes propias de una mujer. En poco tiempo, un cambio radical se desató en el carácter de la muchacha.
Su padre, que no era hombre lerdo, se dio cuenta en seguida de la transformación. La niña alegre y zalamera se había convertido de pronto en una mujercita tristona y huidiza.
Pronto fueron descubiertas también las causas de aquella variación, que es muy difícil que el amor pueda estar oculto mucho tiempo. Y toda la felicidad se alejó de aquella casa.
El padre, hombre enérgico, adoptó la resolución más tajante para cortar las odiosas relaciones, y despidió al forastero sin más.
Pero ya se sabe cuál suele ser el triste resultado de las oposiciones paternas. La pequeña hoguera se convirtió en incendio incontenible. La joven no podía vivir ya sin el amor de aquel hombre, de aspecto vulgar, pero de conversacion cautivadora. Y una noche tras ponerse de acuerdo con él, abandonó su casa.
Por caminos extraviados y penosos, trataron de alejarse, oculta y rápidamente. Pero el forastero no conocía muy bien los caminos, y la joven, con la emoción y su debilidad, se cansó pronto. Dieron tiempo a que se percibiera en la casa su desaparición y se saliera en su busca.
Cada vez era mayor el cansancio y menos lo que avanzaban. No tardarían en ser alcanzados por los perseguidores. En el silencio de los campos ya se les oía aproximarse.
Viéndose agotada y perdida, la joven ya no pudo dar un paso más. Se dejó caer sobre la hierba y mientras le tendía los brazos a su amado, le dijo:
- Es imposible continuar. Ámame aquí a la luz de las estrellas y muramos unidos.
Con el primer beso, sobrevino una gran conmoción en la tierra, como si un poderoso volcán la removiera, y al día siguiente, el aspecto de aquel lugar apareció completamente transformado: en el filo del cerro, Dios había convertido a los amantes en estatuas y los había unido así para la eternidad.

sábado, 10 de enero de 2009

La Hija del Rey de la Tierra de la Juventud

Mientras Finn y su hijo Oisin, junto a varios compañeros, cazaban una mañana brumosa de verano a orillas del lago Lena, vieron acercarse a una doncella hermosísima, montada en un corcel blanco como la nieve.
Ella llevaba un traje de reina: una corona de oro y un manto de seda marrón con estrellas de oro rojo la envolvía y se arrastraba por el suelo.
Su caballo llevaba adornos de oro y un penacho sobre la cabeza.
La doncella y se acercó a Finn y con él habló.
- Desde lejos he venido y te he encontrado, Finn, hijo de Cumhal.
- ¿Cuál es tu tierra, doncella, qué es lo que deseáis de mí?
- Mi nombre es Niam la del pelo dorado. Soy hija del rey de la Tierra de la Juventud, y lo que me ha traído hasta aquí es el amor por vuestro hijo Oisin.
Ella giró hacia el joven guerrero y le habló con una voz a la que nadie podía negarse.
- ¿Vendrás conmigo, Oisin, a la tierra de mi padre?
- Allí iré y hasta el fin del mundo.
Entonces la doncella habló sobre su tierra, y mientras lo hacía, una quietud de ensueño inundó todas las cosas.
Ningún caballo se movió, los perros dejaron de ladrar, ninguna ráfaga de viento meció las hojas del bosque.

Los hombres estaban tan maravillados que de todo lo que ella contó, sólo pudieron recordar:

Es una tierra deliciosa por encima de todos los sueños,
Más bella que cualquier cosa jamás vista por unos ojos.
Allí todo el año hay frutos en los árboles,
Y durante todo el año las plantas florecen.

Allí los árboles miel salvaje gotean;
El vino y la hidromiel nunca se terminan.
Ningún habitante conoce el dolor ni la enfermedad,
Y la muerte o el decaimiento nunca están cerca de él.


La fiesta nunca empalaga ni la caza cansa,
Ni tampoco para de sonar la música de los salones;
El oro y las joyas de la Tierra de la Juventud
Brillan con esplendor jamás conocido por hombre alguno.
Tendrás caballos de buena cuna,
Tendrás perros que corren más que el viento;
Un centenar de guerreros os seguirán en las batallas,
Un centenar de doncellas os cantaran para que durmáis.
Una corona de soberano llevareis en la frente,
Y a vuestro lado un arma mágica siempre estará,
Y seréis el señor de toda la Tierra de la Juventud,
Y señor de Niam la del pelo dorado.
Al terminar la canción, los fians vieron a Oisin montar en el corcel mágico, sostener a la doncella en sus brazos, y desaparecer como un rayo de luz hacia el bosque.

Luz de Luna

Las últimas horas Braont había estado divagando por el bosque, lejos de su poblado, todo empezó cuando él había salido a vigilar las cercanías de la fortificación donde el habitaba con todos los suyos, en los últimos meses habían sufrido algunos ataques de una de las tribus vecinas.

En la zona donde se encontraba el poblado de Braont, la espesura del bosque era tal que permitía un grupo no demasiado numeroso el aparecer y desaparecer en cuestión de segundos sin que se pudiera apreciar su presencia con la suficiente antelación, si además era una de esas mañanas en las que la niebla envolvía el bosque la situación era aún más peligrosa.

Pero el poblado de Braont llevaba allí mucho tiempo, desde que el padre de su abuelo llegó procedente de tierras más al norte en busca de buenos pastos y bosques en los que subsistir, y aquel robledal salpicado de grandes hayas era ya un lugar sagrado para su pueblo, los druidas se internaban en la espesura del bosque donde tenían sus altares, a los que nadie excepto ellos osaban acercarse.

Aquella noche de fina lluvia, el joven guerrero estaba preparado para vengar las afrentas recibidas por los suyos en los últimos días, Braont se separó del grupo para buscar un sitio desde el que poder tener mejor visibilidad sobre esa parte del bosque, una vez hubo andado unos metros, observó a los lejos una gran piedra granítica que se elevaba justo debajo de las copas de algunos árboles, sin duda alguna ese era un buen punto desde él que podría observar los movimientos en el bosque.

El joven se dispuso a escalarla para poder comprobar la bondad de aquel punto de vista, dejó todas sus armas en el suelo, excepto el puñal corto que siempre guardaba trás sus pantalones, la piedra apenas presentaba fisuras a las que poder agarrarse, además su base estaba sembrada de pequeñas rocas puntiagudas que hacían más peligrosa la escalada en caso de caída, pero esto no pasaba por la mente de Braont, a la hora de tener que enfrentarse ante cualquier medio de la naturaleza, las dificultades no empañaban su valor, era lo que le habían enseñado a él, y de lo que siempre se jactaban sus antepasados.

Una vez superados los diez u once pasos necesarios para poder llegar a la cima, diose cuenta de que aquella roca extraña y difícil de escalar estaba justo en aquel momento orientada en la dirección en la que se encontraba la luna,

Braont calculó por la posición de la luna respecto al bosque que debía ser medianoche, ahora empezaba a soplar una suave brisa que no era demasiado fría pues la estación veraniega ya había llegado,

En las cercanías de su poblado todos se reunieron días atrás para celebrar la llegada de los meses calurosos, ya habían prendido fuego a las hogueras como ofrenda a los dioses para que el resultado de las cosechas fuera bueno y sus almas se purificaran de malos espíritus.

De pronto el guerrero quedó cegado por una luz de la que no pudo ver su procedencia, Braont se agacho sobre al apendice puntiagudo en el que terminaba la roca, y se asió con las dos manos para evitar perder el equilibrio debido a la falta de visión, pasaron algunos segundos y un sudor frío empezo a resbalar por su frente, en este breve tiempo su mente había estado dando vueltas a un ritmo trepidante sobre la situación en la que se encontraba.

Su primera idea era que estaba frente a la manifestación de alguna divinidad del bosque que moraba en las cercanías de esa piedra, y él había osado entrar en sus dominios, se encontraba frente a lo único a lo que sus mayores le habían enseñado a temer.

Pronto comprendió que en esa situación su fin estaba cercano, aunque sus ansias juveniles de vivir le obligaron a seguir pensando, él había sido buen seguidor de las enseñanzas de los druidas, siempre había sido respetuoso al extremo en los sacrificios a los dioses, y ahora se preguntaba porque había caído en su desagrado.

Mientrás tanto la luz había ido disminuyendo en intensidad sin que el céltico guerrero lo hubiera apreciado pues mantenía sus ojos sellados de temor, luego escucho un susurro seguido de una brisa de aire que le dio suavemente en la cara como devolviendole el aliento a su espíritu, se reanimo de tal forma que abrió los ojos, al hacerlo poco a poco fue teniendo una visión clara de lo que frente a él se encontraba, desde la misma luna una intensa luz iluminaba un cuerpo de mujer joven, Braont se fijó poco a poco más en ella.

Vestía blanca túnica, su pelo era como el de Braont, del color de los camps que los suyos cosechaban al inicio del mes más caluroso, del color del sol, su gesto era dulce.


En ese instante el guerrero apreció que la mujer que se encontraba frente a él no se apoyaba sobre ningún elemento, y sin embargo estaba a la misma altura que él sobre la cima de la roca, su temor volvió a aflorar, era el miedo a lo sobrenatural, a lo divino, pensó que la única solución era saltar de esa roca y salir corriendo a encontrar al resto de su grupo antes de que ese espíritu decidiese mostrar su poder, tensó sus músculos y se dispuso a saltar al suelo, la altura de la roca era como de unas diez veces la longitud del cuerpo de Braont, pero eso no le importaba, solo quería correr y seguir viviendo.

Cuando estaba dispuesto a saltar, la mujer que estaba frente a él callada, sonrío con dulzura, y Braont que seguía teniendo un miedo atroz, se quedó parado unos segundos perplejo frente a la belleza de la imagen que frente a él se encontraba, era como si fuese teniendo menos miedo por instantes.


Así transcurrieron unos segundos más, durante los cuales el joven no se atrevío a pestañear, ni por un segundo relajó sus musculos que estaban prestos a realizar el arriesgado salto, pero de pronto la luz fue perdiendo intensidad hasta que desapareció del todo, Braont aún permaneció unos instantes mirando el bosque en la dirección en la que la luna proyectaba su luz, pero ya no veía a la joven.

El aire volvió a soplar de nuevo y el guerrero se encontró de pronto de nuevo en la consciencia de su situación anterior, los demás del grupo seguro que debían andar buscándole y él no podía saber que tiempo había transcurrido desde que se separó de ellos, para él había sido como una eternidad.

Destrepó los pasos de roca hasta llegar a la base de la piedra, recuperó el resto de sus armas y empezó a correr en la dirección en la que había abandonado el grupo, tras avanzar unos metros se volvío a mirar hacia la roca y la zona del bosque más iluminada que ahora se encontraban detrás de él, la luna seguía clareando esa parte del denso hayedo como si fuese pleno día.

Braont volvió a inciar su carrera y mientras se dirigía al encuentro de sus compañeros, recordó como una vez su abuelo anciano le contó que los dioses siempre veían con agrado a los guerreros más nobles y valerosos, y como un guerrero de la tribu, cuando vivían en los bosques del norte, una noche fué envuelto por una espesa niebla que le llevó lejos de su casa, y que al volver contó a los druidas del poblado que se había encontrado con el espíritu que moraba en el bosque, y que como tras contarlo y a pesar de ser un guerrero valeroso fue rechazado por los druidas y a partir de entonces fue perdiendo estima entre los suyos.

Pero Braont pensaba que a él no le pasaría lo mismo, el no iba a contar nada en el poblado sobre lo que le había acontecido, aunque ¡por Lugh!, estaba seguro de que esa noche se había encontrado frente al espíritu de la mismísima luna en el bosque, y estaba seguro de que él y los suyos esa noche iban a vencer a sus enemigos de la tribu vecina, esa noche iban a contar con una ayuda inestimable, esa noche les iba a ayudar la LUNA.

La Laguna de la Niña Encantada


Existe en la provincia de Mendoza una laguna, que es como un engarce mágico en las alturas de las montañas. Fue en tiempos antiquísimos el cráter de un volcán, y como por encantamiento su comba dorada por el fuego se convirtió en una pequeña laguna que es prodigio de belleza. De ella se desprende como hilo de plata un pequeño arroyuelo que bajando de la cumbre va a unirse al Salado después de recorrer un largo trecho entre peñascos bravíos. Los indios la llamaban" Alhué pichitrequen lauquen" (pequeña laguna de Dios que se hiela).
Dice la leyenda que "Elchá Chiamal Cané" (que significa “Espejo” o “doncella de la túnica verde”) fue entregada como prenda de paz por su padre al ser derrotado contra el viejo cacique Calilué, quien la tomó por esposa.
La hermosa india aceptó el sacrificio por la ventura de su pueblo, y la concordia reinaba así entre las dos tribus enemigas.

Sucedió entonces que al morir otro cacique, amigo de Calilué le encargó, la custodia de su apuesto hijo, llamado Cantipán.
Elchá y Cantipán se enamoraron cuando el destino cruzó sus miradas desde el primer encuentro. Por lealtad hacia su padre adoptivo, el joven quiso huir de la mujer que ama, pero Elchá le hizo prometer que escaparían juntos.
La primera noche de luna nueva de la primavera, huyeron los enamorados. Cuando Calilué, descubrió la traición recurrió a su hermana, Ghulcán, quien vanamente había pretendido el amor de Cantipán. La despechada con el auxilio de la hechicera Quetrupillán, partió con el alba en persecución de los jóvenes. Guiada por la bruja llegó a la laguna, en una de cuyas grutas se habían refugiado Elchá y Cantipán.

Queriendo sorprenderlos, la perversa hermana de Calilué fue transformada en lechuza por hechizo de la bruja transportando además en sus garras un ramo mágico de lirios trenzados por Quetrupillán.
Junto a la orilla, los enamorados dando rienda suelta a su amor no percibieron la llegada de la lechuza que al acercase a ellos arrojó sus flores en el regazo de Elchá. Ésta, alborozada al ver las hermosas flores, las colocó sobre su pecho y corrió a contemplarse en las tersas aguas. Pero en cuanto lo hizo quedó transformada en piedra.


Lleno de asombro y horror, Cantipán trató de volverla a la vida besándola apasionadamente. Ante la inutilidad de sus esfuerzos y enloquecido de dolor se arrojó a la laguna.

Ghulcán recobrando la forma humana suplicó a la bruja que salvase al hermoso joven, de cuyo amor no podía desprenderse. Mas, como la bruja tardaba en encontrar el sortilegio necesario, se arroja a la laguna para tratar de rescatarlo.

Preparado el ungüento mágico, la bruja sacó los cadáveres y los devolvió a la vida. Cantipán corrió entonces a abrazar la petrificada figura de su amada.

Ghulcán, loca de celos, trataba de interponerse y acabó confesando su deslealtad a Calilué, y sollozando le pide perdón, y culpa de todas sus desgracias a la bruja Quetrupillán. Esta, al verse descubierta quiso huir; recogió el ramo de lirios y, sin desearlo, se contempló en el agua. Instantáneamente obró el sortilegio y desapareció en las aguas con las flores al cuello, convirtiéndose en una roca negra.

Cantipán, estupefacto, comprendió que en el ramo lirio estaba el encantamiento, y para recuperado y, volver a la vida a Elchá se arroja de nuevo a la laguna.

Ghulcán, ante el fracaso, sigue al que amó inútilmente hacia el desconocido fondo del cual nunca regresarán...

Dicen que en las noches de luna nueva aún se escucha la queja lastimera de los enamorados, mientras con sus ojuelos vivaces, una lechuza, donde se refugió el alma de Ghulcán, ronda, presa del encantamiento...
Y así corre entre los paisanos de la tierra de los huarpes esta tierna leyenda.
Hay quienes refieren que la laguna en noches silenciosas emite en el cascabeleo de sus aguas, un lamento suave y profundo. Son las voces de Elchá y Cantipán que aún esperan a alguien que los despierte del encantamiento.

La Orquídea de la Vainilla


En los tiempos del rey totonaca Teniztli tercero, una de sus esposas tuvo una hija que por su belleza fue llamada Tzacopontziza "Lucero del Alba", la cual fue consagrada al culto de Tonacayohua diosa de la siembra y los alimentos.

Esta se enamoro de un joven principe llamado Zkatan-oxga "Joven Venado", a pesar de que tal sacrilegio estaba penado con la muerte.

Relata la leyenda que un día cuando la joven salió del templo a buscar tortitas de maíz para ofrecer a la diosa, huyó con el joven príncipe hacia la montaña, donde se les apareció un monstruo que los envolvió en llamas obligándolos a retroceder.

A su regreso los sacerdotes los esperaban y sin explicación alguna fueron degollados y llevados al adoratorio, en donde tras sacarles el corazón y ponerlos en piedras voitivas del ara de la diosa, fueron arrojados a una barranca. En el lugar en que se les sacrificó, la hierba empezó a secarse como si la sangre de las dos víctimas, allí esparcida, tuviera un maléfico influjo.

Tiempo después empezó a brotar un arbusto elevándose a varios palmos del suelo y cubierto de espeso follaje.

Al alcanzar su desarrollo total, comenzó a crecer junto a su tallo, una orquídea trepadora sobre el tronco del arbusto. Una mañana, la planta se cubrió de flores y todo el sitio se bañó de exquisitos aromas.



Ante el asombro de los sacerdotes, no dudaron en creer que la sangre de los dos príncipes se había transformado en arbusto y orquídea. Su sorpresa fue mayor, cuando las hermosas flores se convirtieron en largos y delgados frutos que al madurar desprendían un dulce y suave perfume, como si el alma inocente de Lucero del Alba esenciara en él, las fragancias más exóticas.

Así la vainilla fue declarada planta sagrada y se elevó como ofrenda divina en los adoratorios totonacas tomando el nombre de caxixanath que significa "flor recóndita".

sábado, 27 de diciembre de 2008

El Colibrí


Painemilla y Painefilu, eran dos jóvenes y bellas hermanas que vivían en las proximidades del lago Paimún.

Un poderoso jefe inca que se encontraba recorriendo la región, se enamoró de Painemilla y pidió a su padre la mano en matrimonio.

Varios días duró la ceremonia de bodas tras los cuales la pareja vivió feliz en un palacio de piedra. El tiempo pasaba y ambos se encontraban cada vez más enamorados.

Cuando Painemilla supo que esperaba un hijo, el jefe inca convocó a los sacerdotes de su corte para escuchar sus profecías. Vaticinaron mellizos. Que serían tan bellos como el sol y que un hilo de oro adornaría sus cabelleras desde el momento del nacimiento, pero también vaticinaron que algo quebraría la felicidad de la pareja.

Al acercarse el momento del nacimiento, el gran jefe tuvo que viajar al norte y pidió a su cuñada Paineflú, que acompañara a Painemilla.

Cuando Paineflú y Painemilla volvieron a encontrarse, al ver a su hermana tan feliz, tan enamorada y tan mimada por su nueva familia, la semilla de la envidia se apoderó de Paineflú. Al nacer los niños, hembra y un varon, tan lindos, tan sanos, tan alegres y con una hebra de oro adornando su cabeza, enloqueció. Encerró a los mellizos en un cofre y lo tiró a las aguas del lago. Dijo a su hermana que sus hijos no eran humanos sino perros y le entregó un par de cachorros para criar. Luego se sumió en un profundo y oscuro silencio. Atemorizada por sus actos, se llenó de miedos y empezó a temblar.

Painemilla no hacía sino llorar. Al llegar su amado esposo y ver los perros que tenía por hijos, la confinó a una cueva oscura y la desolación se apoderó de ambos.

Los mellizos en su cofre, navegaron por el lago y fueron hallados por un viejo mapuche que junto a su esposa los cuidó. Los niños crecían felices y saludables aunque jamás comían.

Un día, el inca entristecido salió a pasear por la orilla del lago, pensaba en su amada Painemilla, en la forma en que su felicidad se había perdido, en lo solo que estaba, cuando de pronto, unas risas infantiles llamaron su atención. Allí vio, un par de niños jugando, bellos como el trigo, con un hilo de oro en sus cabellos. Recordó la profecía y supo que eran sus hijos. Los abrazó y los llevó a su hermosa casa de piedra. Buscó a Painemilla para reconstruir la felicidad perdida.

Paineflú había sido descubierta, sabía que le correspondía un cruel castigo por su traición.

El inca tomó entre sus manos una piedra mágica, la elevó al cielo y dijo:

- Ayúdame señor a hacer justicia. Que todo tu calor traspase esta piedra y que en ella se ejecute el castigo a Paineflú.

La piedra se volvió transparente, se cargó de luz, se cargó de fuego, un rayo verde salió de la piedra y buscó a Paineflú. Donde ella estaba sólo quedaron cenizas… cenizas y un pequeño pajarillo, era el pinshá o colibrí que según las tradiciones mapuches presagia la muerte, vive inquieto y triste, como Paineflú, no se posa en ramas ni toca el follaje, tiembla de miedo como si esperase el castigo.

(Leyenda Inca)

*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*