domingo, 21 de junio de 2009
La Señora del Salto Mortal
Para mitigar sus penas envió a buscar a una hija de su difunta hermana, que debía acompañarlo en su soledad. La joven era hermosa, vana, egoísta y muy coqueta. Aunque se mostraba extremadamente agradecida y satisfecha por el lujo y comodidades que le prodigaba su tío, no por eso llegó a quererlo ni se esforzó en hacerle la vida más agradable. Vistiendo trajes de riquísimos encajes y terciopelos, distraía sus ocios paseándose en el coche de su tío, luciendo orgullosamente su riqueza y hermosura, que bien pronto sedujo a más de cuatro enamorados mancebos. Pero doña Paz recibía despectivamente cuantas atenciones le prodigaban sus rendidos admiradores, en la certeza de que, al morir su tío, sería ella la mujer más rica de México.
Y así fue, efectivamente, aunque bajo ciertas condiciones que hirieron su orgullo en lo más vivo. En el largo testamento en que don Menda la llamaba siempre «mi querida sobrina», legábale todas sus propiedades; pero al final del documento se insertó una cláusula, que debía indispensablemente cumplirse antes de que doña Paz pudiera disponer de un centavo de la cuantiosa herencia.
El testamento decía así:
«y la condición que ahora impongo a mi querida sobrina es la siguiente:
Ataviada con su mejor traje de baile y luciendo sus joyas más preciadas, se encaminará en coche abierto y en pleno mediodía a la plaza Mayor. Allá descenderá del carruaje y se situará en el centro de la plaza, inclinando humildemente al suelo la cabeza, y en esta posición deberá dar un salto mortal. Y es mi voluntad, que si mi querida sobrina Paz no cumple precisamente con esta condición dentro de los seis meses del día en que yo fallezca, no perciba ni un solo centavo de mi herencia. Esta condición la impongo a mi querida sobrina Paz, para que, en la amargura de su verguenza, considere las angustias que yo sufrí por sus crueldades durante mis últimos años».
Herido tan vivamente su orgullo por esta imposición testamentaria de su tío, doña Paz en encerró en las habitaciones de su palacio y nada se supo de ella durante los seis primeros meses, que transcurrieron desde la muerte de don Menda: Y, el mismo día en que finaba el plazo impuesto en el testamento, la gente de la ciudad contempló llena de asombro cómo las hermosas puertas de hierro fundido de don Menda, girando lentamente sobre sus goznes, abrían paso al majestuoso carruaje en cuyo interior lucía esplendorosamente doña Paz su más rico traje de baile y sus valiosas alhajas. En su pálido rostro, los hermosos ojos, entornados los párpados, miraban humildes. De este modo la orgullosa mujer marchó a la plaza Mayor, luciendo su gentileza y rico atavío por las calles más céntricas de la capital, atestadas de gente. En llegando al término de su viaje, se apeó del coche, y precedida de sus criados, que cuidaron de abrirle paso entre la compacta muchedumbre, avanzó hacia el centro de la plaza, donde sus servidores habían colocado una mullida alfombra sobre las baldosas. Allá en el mismo centro y en presencia de todos, dio el salto mortal que exigía el testamento de su tío y heredó su fortuna, después de haber humillado, amarga y vergonzosamente, su indomable orgullo.
(De la web: EnCuentos)
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sábado, 2 de mayo de 2009
El Origen de las Flores
La viò tan hermosa, que a pesar de que él era rústico, hosco y bruto, se enamoró locamente de ella. Ante el temor de que la linda niña lo rechazara, la raptó y huyó lejos, retumbando sobre el cielo, hasta desaparecer de la vista de los aterrados padres de la chica. Al llegar a la alta y nevada cordillera, la escondió en el fondo de un glaciar. Encerrada allí, fue tanto el dolor y la pena que sintió que de a poco fue enfriándose hasta que se convirtió en un témpano de hielo, fundiéndose con el resto del glaciar.
Tiempo después, Karut quiso visitarla y al comprobar su desaparición, se enfureció terriblemente lanzando bramidos de desesperación. Tanto ruido rodó hasta el océano y atrajo muchas nubes que empezaron a llover y llover sobre el glaciar hasta derretirlo completamente. Así, Kospi se transformó en agua y corrió de prisa montaña abajo en torrente impetuoso. Luego se deslizó por los verdes valles y empapó la tierra.
Al llegar la primavera, su corazón sintió ansias de ver la luz, de sentir la cálida caricia del viento y de extasiarse contemplando el cielo estrellado por las noches. Trepó despacio por la raíz y tallo de las plantas y asomó su preciosa cabecita en las puntas de las ramas, bajo la forma de coloridos pétalos. Habían nacido las flores. Entonces todo fue más alegre y bello en el mundo. Por ese motivo es que los tehuelches llamaron Kospi a los pétalos de las flores.
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sábado, 21 de marzo de 2009
El Fantasma de la Luna Llena
Lleva miles de años así…
Cada luna llena él aparece portando esa máscara completamente blanca. Sus ropas son antiguas y desgastadas, su piel pálida como el mármol y su cuerpo pequeño como el de un niño. Camina sobre el lago, lo cruza hasta cierto punto donde se pone de rodillas y comienza a llorar desesperadamente. -“¡Lo siento!”- grita una y otra vez con un llanto que desgarra el alma y un pesar tan nostálgico que casi provoca ternura…
Así como todos en este mundo también tengo una historia…
Fue en un reino antiguo, cuando las espadas regían el mundo y los castillos se erguían como símbolo de poderío y fuerza. Nuestro rey, un gran hombre. Defendía el pueblo de cuanta invasión se le presentaba, tantas luchas y tantas victorias que era considerado descendiente del propio Fergus. Fue en una campaña por las elevadas tierras de mi patria; cuando algunos ingleses decidieron invadir nuestro reino que una vez más aquel hombre partió a la guerra.
Como siempre una gran batalla seguida de una honorable victoria. Aunque en esta ocasión su rostro quedó demacrado… al ser quemado; nadie sabe como pasó ni por qué. Solo se encontró a nuestro rey tirado a medio campo de batalla cubriéndose el rostro como si esto aliviara su dolor.
La locura pronto tocó las puertas del reino y nuestro rey acomplejado por su rostro, retiraba cada espejo a su paso y asesinaba a quienes se quedaran observándolo durante más de un par de minutos. Tantas muertes hubo y rumores corridos, que al fin cuando la cordura le abandonó por completo decidió usar una mascara… como si fuese un muñeco; una máscara de porcelana que cubría su rostro y no daba cabida a imperfecciones. El decreto recorrió todo el reino; todos los habitantes debíamos usar una mascara similar. Quedó estrictamente prohibido quitarse la máscara ante cualquier circunstancia.
El reino era un desfile de muñecos andantes, gente sin alma cuya identidad había sido robada, arrancada. Como todos ellos, yo usaba una máscara blanca, de labios rojos y con unas casi imperceptibles mejillas rosadas.
Durante algunos años así fue, la máscara era mi compañera y casi mi amiga. Todos en el reino ahora estábamos acostumbrados a las tétricas identidades impuestas por nuestro rey.
En una ocasión conocí a un par de niños, ambos de mi edad quienes vivían al otro lado de la iglesia. La amistad surgió como si fuese una semilla de trigo en los cálidos días de verano. Nos divertíamos, hablábamos, jugábamos, cantábamos y bailábamos siempre con nuestras respectivas máscaras… parecíamos hermanos decían todos los del pueblo.
Una de todas estas noches cuando yo rozaba mis 12 años decidimos que ya teníamos edad suficiente, que no necesitábamos a nuestros padres para hacer ciertas cosas por lo que salíamos sin avisar o pedir permiso así como robamos en repetidas ocasiones y demás actos que aunque eran impropios eran simples travesuras de chiquillos. Pronto entre todas estas actividades nos preguntamos un día como lucirían nuestros rostros; como era nuestra nariz o el color de nuestra piel… durante semanas estas ideas rondaron nuestras mentes distrayéndonos de todas nuestras actividades.
La respuesta no estaba lejos… bastaba con quitarnos las máscaras para saber quienes éramos. Pero no era tan sencillo, pues los alguaciles asesinaban a cualquiera que vieran sin máscara… por lo que decidimos hacerlo una noche en el lago que quedaba en las afueras de nuestra ciudad. A la luz de la luna llena nos quitaríamos nuestras mascaras y averiguaríamos quienes éramos.
Por fin llego la esperada noche… tomé mis ropas que, aunque estaban desgastadas, me parecían súmamente cómodas y partí camino hacia el lago. Allí encontré a mis dos compañeros de toda la vida, quienes no me abandonaban ante ninguna circunstancia ni me dejaban solo cuando les necesitaba.
Tras unas horas de charla y bromas decidimos que era el momento… inclusive nos pusimos a imaginarnos como era nuestro rostro…
Yo fui el primero que se la quitó y vi mi rostro por primera vez reflejado en las aguas de la laguna; tenía una cara blanca con algunas arrugas, imagino que por la falta de sol… mi nariz era respingona y mis ojos ligeramente saltones, los pómulos de mi rostro no sobresalían, mi piel era blanca y pálida con unas pecas casi imperceptibles, un par de labios finos y rosados complementaban mi verdadera cara.
El segundo y el tercero hicieron lo mismo, presentando rostros similares uno con la nariz más grande y el otro con una cara mas delgada, casi tétrica.
La emoción se hizo incontenible, jugábamos y brincábamos a la orilla del lago. Hasta que entre ellos se empezaron a empujar cayendo ambos al lago…Pues ya estando ambos en el agua decidieron nadar durante un rato. Yo decidí observarlos desde la orilla pues nunca aprendí a nadar…
Algunos minutos estuvieron intentando animarme, prometiendo que ellos me enseñarían y que nada malo pasaría. Al notar que yo no me disponía a entrar, ambos salieron y se colocaron tras de mí. Después de algunos instantes de forcejeo que parecieron eternos… aún recuerdo los alaridos y la manera en que mis esfuerzos resultaban inútiles, el fango en mis pies así como el momento en que la gravedad comenzó a tragarme y el agua fría que comenzó a inundar mi cuerpo como un gélido espíritu acompañado de un pánico incontrolable. Tras un par de segundos ya me hallaba sumergido y cuando se dispusieron a devolverme a la superficie noté que una cuerda o lo que fuese… algo en el fondo del lago, se había enredado con mi pierna durante el forcejeo. Estaba a solo unos palmos de la superficie; tan cerca pero tan lejos…
Pronto el pánico se hizo general. Comencé a moverme desesperadamente como si con eso pudiera desenredarme, aun tenia mi mascara en la mano y la desesperante impotencia en la otra. Mi fuerza comenzó a agotarse y mi vista se nublo por completo. Sentí como el agua penetraba por mis oídos así como mi nariz hasta mis pulmones. Una última bocanada de aire surgió de mi boca indicándome que era el final.
Pronto dejé de sentir aquellos brazos que me sujetaban tan firmemente y durante mis últimos instantes de vida escuché como mis amigos salían del lago y me abandonaban a mi suerte.
Aún sigo arrepentido por haberme quitado la máscara aquel día. Aún sigo presentándome a ese sitio cada noche de luna llena… Cada noche busco a aquellos que me abandonaron. Porto mi mascara y mis ropas desgastadas. Cruzo el lago, la sensación de arrepentimiento me acompaña durante todo el trayecto. Aumenta conforme intento cruzar ese lago, se hace cada vez más insoportable. Finalmente hasta el lugar donde caí, no lo soporto y permito que el llanto se apodere amargamente de mí.
Ya es tarde para mí; ahora estoy muerto, pero a pesar de conocer mi destino sigo esperando, quien me rescate, quien salve mi alma de este castigo eterno. Por desgracia no será así, por siempre apareceré tras un grito de desesperación que retumba en el cercano bosque, creando una presencia tal, que me provoca terror aun sabiendo que es mi reflejo en el agua…
(Franko. De Webrelatos)
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jueves, 12 de marzo de 2009
El río niño
(De la web: Desde dentro hacia fuera)
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sábado, 21 de febrero de 2009
La Casa de las Lágrimas
Frente a la puerta del sol de la iglesia parroquial, todavía existe en Pedroche un viejo caserón de portada de granito oscurecida por el tiempo. Es la Casa del Judío, la Casa de los Duendes o la Casa de las Lágrimas. Y es a finales del siglo XV cuando habitaba en ella un judío expulsado de Córdoba a quien los naturales de la villa llamaban "Malogrado".
Era tanta la miseria de aquellos tiempos que difícilmente podían los cristianos recuperar los vestidos y alhajas empeñados como prendas a cuenta del dinero que "Malogrado" les prestaba. No sin razón comenzó a llamarse aquel lugar "Casa de las Lágrimas" por las muchas que hombres y mujeres vertían al no poder desempeñar sus ajuares.
A pesar de su riqueza, "Malogrado" murió un invierno cualquiera en la más completa
soledad. Mientras su hijo Moisés y su nieta Ester, en un largo camino, habían acudido a Toledo, el Concejo de la villa encontraba a "Malogrado" moribundo en el frío suelo del oscuro sótano de la casa. Era Ester una joven de dieciséis años, alegre como sus primaveras, de ojos azules y piel de blanquísimo alabastro. Sus cabellos rubios y abundantes, eran otras tantas llamadas a los mozos casaderos que no cesaban de cortejarla. Y era Agustín, el hijo del campanero, quien puntualmente le dedicaba cada noche sus mejores serenatas.
Era Moisés, por el contrario, un hombre amargado porque, creyendo encontrar la
fortuna de su padre, sólo encontró, a su vuelta de Toledo, una casa destrozada y saqueada por quienes habían sido deudores de "Malogrado". Como buen judío Moisés no se amilanó ante la desgracia. Ejerciendo el oficio de guarnicionero volvió a crearse una modesta fortuna suficiente para pasar honradamente sus días. Llenaba Ester de alguna manera el corazón martirizado de aquel padre tan castigado por la adversidad.
También Débora, su bellísima esposa, había muerto joven cuando Ester apenas contaba dos años.
Un grupo de judíos, amigos de Moisés, cuchichean indignados como si una nueva
maldición pesara sobre los de su raza. Ester, la gloria del barrio judío, honor y alegría de su padre y de cuantos la conocen, despreciando a los de su raza, está enamorada del joven Agustín. Por encima de su religión y de su pueblo, está dispuesta a recibir las aguas del bautismo y poder así contraer matrimonio cristiano.
La indignación y la rabia conmueve a todas las familias judías. Es intolerable que un
"perro cristiano" se despose con la flor de la estirpe judía. Y es necesario tomar medidas precisas. Ni las lágrimas de Moisés, ni las recomendaciones del anciano rabino hacen desistir a la bella Ester de la decisión tomada.
Sobre el Calvario, a unos pasos del Torreón que siempre sirvió como puerta de la villa,todo el ghetto judío se ha reunido con trajes de gala. En medio del silencio de la noche un gran corro de jóvenes y ancianos recogen piedras que van lanzando con furor sobre el cuerpo exánime de Ester. Su túnica blanca, salpicada de manchas rojizas, da testimonio de bautismo de sangre que acaba de recibir. Condenada por el Consejo de ancianos, su muerte quiere significar el escarmiento para otras jóvenes judías ante los halagos y solicitudes de los muchachos cristianos.
Aquella noche Moisés, el padre exasperado, creyendo encontrar la satisfacción de la
venganza ante la hija rebelde ya sacrificada, sólo sintió una terrible soledad que con sus garras frías se fue apoderando de su corazón desgraciado.
En el lugar del martirio, brotó un rosal extraño cuyas hojas, dice la tradición, despedían un vivísimo fulgor antes del amanecer. A este rosal se acercó Agustín, provisto de un azadón, deseoso de trasladar al jardín de su casa aquella planta que tan íntimos recuerdos despertaban en él. Al primer azadonazo, los pétalos de las rosas se iluminaron y las corolas semejaban lámparas encendidas. Las hojas brillaron con más fulgor y todo el rosal se convirtió en una ascua gigantesca. Al mismo tiempo desde la planta un suspiro, mitad alarido de dolor, mitad anhelo de deseos insatisfechos, se dejaba oír con toda claridad.
Los huesos de Ester se juntaron con orden, unos con otros, se pusieron de pie y se
revistieron de carne. Apareció la joven en todo su esplendor con una belleza deslumbrante. Se acercó al joven lentamente, le tendió sus brazos y al darle un beso desapareció su luz. Su esbelta figura, convertida de repente en un montón de pavesas fue deshecha y dispersada por el viento.
Y dicen los viejos que a la mañana siguiente, con más pena que nunca, las campanas
de Santa María estuvieron doblando por el alma de Agustín.
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miércoles, 18 de febrero de 2009
El Enano y la Felicidad
Cuenta la leyenda que un inquieto enano llegó un día a un aldea remota. En aquellos confines del mundo no estaban acostumbrados a tener visitantes, así que, el pequeño ser causó muchísima expectación.
-“¿Qué haces aquí?”- dijo uno de los ciudadanos.
-“Verás…Tras muchos años de entrenamiento, tengo la capacidad de dar felicidad a las personas y de hacer que cualquiera que me rodee experimente una alegría inmensa. Eso sí, esta felicidad, no dura más que unos segundos…
-“¡Sí”, “¡Venga ya!”, “Es increíble”-murmuraban todos convencidos de que, con el enano ahí, jamás serían desdichados.
-“Durante los dos últimos años”-continuó el enano-“he recorrido el mundo haciendo sentir a las personas, a algunas incluso por primera vez, lo que es la felicidad.
-“¡Por favor, házmelo sentir a mí!”-dijo uno-.
-“Y a mí”-dijo otro-.
Y así, el enano comenzó a hacer una demostración a los habitantes del pueblo. Con sólo mirar a los ojos de alguien, conseguía disipar todas sus preocupaciones, que su ceño dejase de estar fruncido, que no tuviese miedo, y que se sintiese capaz de arriesgarse a elegir su vida.
Durante días y días, lo fue haciendo con todas las personas del pueblo, cada vez que se cruzaba con alguna. Sin embargo, tras esos mágicos segundos, todo se desvanecía. Y esas personas se sentían aún peor que al principio. Lo que les llevaba a estar constantemente buscando al enano y reclamando sus favores.
La insatisfacción se fue tiñendo de rabia y cólera hacia el enano de tal manera que, un día, salieron a buscarle para destruirle. El enano estaba tan débil por todo el trabajo que le habían dado que no consiguió huir. Tras matarlo, para asegurarse de que no pudiese volver jamás lo cocinaron y se lo repartieron como pudieron. Comiéndose, cada uno, un trocito muy pequeñito.
Y…cuenta la leyenda, que el enano, lejos de desaparecer, se quedó. Decidió quedarse para seguir dándoles instantes felices. Pero de un modo tan ocasional y tan fugaz, que sólo les serviría para evocar una sensación que nunca tendrían. Así hasta que el pueblo desapareció.
Y cuenta la leyenda también que…hasta nuestros días, el enano está en cada uno de nosotros. Sus ojos, los ojos de nuestra alma, se posan en los ojos de los otros, pues su mirada ha encontrado una manera de salir. Nuestra sonrisa. Cada sonrisa son segundos de felicidad, propia y ajena, que podemos conseguir cuantas veces queramos, gracias a que un enano tiene los ojos en nuestro corazón.
(De la web: La Página de los cuentos)
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domingo, 15 de febrero de 2009
La Puerta del Sueño
Un buen día llegó procedente de Egipto un mago árabe llamado Ibrahim. Éste conocía todos los secretos de la ciencia (incluido el de la vida eterna) porque poseía el "Libro de la sabiduría" que le había dado Dios a Adán al echarlo del paraiso.
El mago se ofreció a crear un invento con el cual podía conocerse cuándo iban a atacar los enemigos. Ibrahim creó un curioso tablero de ajedrez donde se encontraba un jinete con una lanza; cuando el jinete apuntaba a algún sitio significaba que se acercaba un ejercito por ahí, y entonces en el tablero aparecían unas figuras de ajedrez, que representaban la imagen del enemigo.
El mago incitaba al rey a que derribase las figuras y entonces así mataba al ejercito enemigo. Por este trabajo, Ibrahim pidió que se acomodase una cueva de la montaña con lujos y con bailarinas que lo animasen mientras elaboraba sus artes.
Así llegó a gastar la mitad de la fortuna del rey. Pero Aben Habuz aceptó y disfrutaba con el juego de ajedrez matando enemigos.
Pero un buen día el jinete del ajedrez apuntó a un lado del mimo que representaba un valle en el que no aparecieron figuras. ¿Venía algún enemigo?. Así mandó su ejército allá, pero en vez del enemigo capturron a una dulce cristiana con una lira de plata.
Ibrahim quiso poseerla, pero Aben Habuz la quiso para sí, pues estaba enamorado de su juvenil belleza. Ella no deseaba a ninguno de los dos viejos, pero se quedó en el reino de Aben Habuz.
El rey moro, empezó a gastarse todos los tesoros que le quedaban en ella, pero cuando la quería poseer, la cristiana empezaba a tocar su lira y el se dormía dulcemente.
Sus súbditos se sublevaron, pues no podían consentir que el rey se gastase su fortuna en ella y no parase de dormir. Aben Habuz pudo contener la sublevación, pero pidió al mago que hiciese algo para evitar esto, pues quería vivir en tranquilidad con la joven.
Ibrahim le propuso construir para él un paraíso que no fuese visible desde fuera y que no se pudiese entrar de no quererlo el que viviera allí. Aben Habuz fascinado aceptó. Tardó tres días en construirlo en una montaña de Granada, y puso una puerta grande con una mano y una llave.
A cambio, Aben Habuz le entregaría el primer animal y la carga que entrase por esa puerta. Al tercer día fueron Ibrahim, Aben Habuz y la joven cristiana cada uno en un caballo. Se pararon los tres a observar la puerta, y el corcel de la joven echó a andar y cruzó la puerta.Ibrahim dijo que la cristiana le pertenecía, Aben Habuz se negó, pero Ibrahim entró con su caballo y cerró la puerta.
Se dice que desde entonces todo el que se queda un momento delante de esa puerta oye la lira de la cristiana y se adormece como el rey moro. Hoy en día, en ese monte, se encuentra la Alhambra y allí se puede encontrar la puerta con la mano y la llave, esperando que alguien la abra antes de caer dormido...
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