viernes, 8 de marzo de 2013

La dama de los ojos sin brillo

 
La infanta Catalina de Austria, duquesa de Saboya recibió en Toledo una majestuosa fiesta en una noche que se hizo memorable en los anales de nuestra ciudad por el indudable porte de los asistentes a tan sonado festín…

A media noche, cuando aún resonaban las campanadas en el reloj del monasterio de Santo Domingo el Real, cercano a donde se realizaba el acto, uno de los nobles caballeros invitados al ágape, a la sazón consejero general de Finanzas y auditor de su Majestad don Sancho de Córdoba, presenció como una bella dama pasaba sigilosamente entre los grupos allí congregados.

Atraído por la belleza de la dama, y la fascinación que inspiraba, a ella se aproximó e invitó para acompañarle en el baile que en ese momento comenzaba. No recibía respuesta a sus palabras de elogio de tan bella mujer, a la que ahora guiaba. La sensación que emanaba era de una lividez extrema de su rostro que, incluso facilitaba la sensación de no pisar la maravillosa alfombra que adornaba el área destinado a la danza en tan bello palacio toledano.

Tras finalizar el baile, salieron al patio exterior, maravillosamente adornado con innumerables plantas, al estilo de cómo se hace en Toledo durante el Corpus, que no quedaba muy lejano, y de las que emanaban un frescor acompañado por el murmullo de una fuente central magníficamente realizada. Hacía cierto frescor nocturno y la dama no tapaba su generoso escote con alguna prenda de abrigo, por lo que él, puso su roja capa con noble broche de oro sobre los hombros de la dama, que caminaba sin decir palabra. Tan sólo, tras acoger la capa en sus blancos hombros profirió una queja, un lamento: “Qué frío”.

Llevó el caballero a la Dama dando un breve paseo hacia su residencia, y al llegar cerca del Miradero, la dama rompió su silencio de nuevo:

- Caballero, no de un paso más en mi compañía, pues de seguir a mi lado me haría una grave ofensa. Envíe al día siguiente a un criado a por su capa a la calle Aljibes, en la casa de la Condesa de Orsino.

El caballero accedió cortésmente con la esperanza de ser él mismo el que recogiera la capa.

La dama se perdió entre las sombras de la noche toledana, mientras él la veía alejarse lentamente, observando fascinado el suave caminar de ésta.
Durante la noche, no dejó el caballero de pensar en la intrigante y fría belleza de la dama. Pero lo que más le intrigaba era su mirada: sus ojos no tenían brillo.

Al día siguiente, dirigióse él personalmente en busca de la capa. El palacio estaba en una estrecha calleja en cuyo fondo se observaba una cruz. Llamó al enorme portón de madera y al poco se escucharon unos pasos y el descorrer de un pesado cerrojo tras el que se abrió un pequeño cuarterón de la puerta tras el que un anciano le preguntó qué era lo que deseaba. Preguntó por la dama, a lo que el anciano respondió que allí nadie vivía que respondiese a esa descripción, aunque permitió el paso del caballero, que fue recibido posteriormente por una noble señora enlutada, a la que refirió toda la historia acontecida la pasada noche. La dama le respondió que probablemente habría sido objeto de una pesada broma, puesto la dama a la que él hacía referencia, por la notable descripción realizada, era su hija y ya iba para dos meses que era muerta y enterrada.

El caballero sintió pesar por lo que creía una terrible equivocación, y cuál no fue su sorpresa que, buscando el salir de la casa, levantó los ojos y contempló un cuadro de gran tamaño que representaba a una dama exactamente igual a la de la noche anterior: el mismo rostro, el mismo vestido, el mismo anillo en su mano izquierda…

- Señora ¿quién es esta hermosa dama?
- La misma hija que por desgracia os dije que perdí.
- Pero… ¡si es la misma a la que yo anoche acompañé!
- Caballero, de nuevo ofendéis mi casa… Soñáis, acaso, o sois presa de alucinación, pues ya os dije que hace tiempo que falleció.

Como hechizado salió de esta casa y regresó a su palacio. Pasó dos días con terrible pesar, seguro de lo que había vivido aquella noche.

A la mañana siguiente, un hombre se presentó con la roja capa, que puso sobre los hombros de la dama aquella noche… Había reconocido al dueño de la capa por las armas del broche que portaba…

- ¿Dónde la hallaste? Preguntó con ansiedad el caballero.
- En el Campo Santo, junto a la tumba de la condesita de Orsino.

miércoles, 30 de enero de 2013

Mito del Emperador

Cuando nació, el Emperador de los Cielos lanzó a su hijo a un corral con nueve bebés y una sola loba que había perdido a sus cachorros. Llamó hijo suyo al niño que vivió y le lanzó a un corral con cinco niños y tres juguetes. Llamó hijo suyo al que tuvo los tres juguetes y le lanzó a un corral con cuatro muchachos y dos armas. Llamó hijo suyo al joven que vivió y le lanzó a un corral con otro joven y una princesa. Llamó hijo suyo al hombre que vivió y sin dejarle tocar a la princesa, lo lanzó al mar con sólo un tronco para que llevara su imperio a las tierras.

El hijo del Emperador maldijo a su padre, pues hubo de pasar muchas penalidades y a punto estuvo de perecer en muchas ocasiones, pero alcanzó con su tronco la isla de la Tierra. Cuando llegó, nada en él semejaba la figura de su Padre, pero portaba su misma esencia y este es uno de los Nueve Grandes Misterios. El despojo salvaje que alcanzó la isla, más bestia que persona, cazó, mató y se hizo fuerte. Y conoció que en la isla habitaban seres de figura semejante a la suya, incluyendo mujeres, por lo que empezó a asediar a unos y favorecer a otros y se formó una tribu donde se podían repartir los trabajos de bestia que le proporcionaban sustento.

Con los años la tribu se hizo poblado y los seres que la formaban eran ya menos bestias y más personas, aunque aun muy poco. El poblado, sin embargo era aún una gran bestia y asedió, de los seres que a su alrededor moraban, a algunos y a otros favoreció. Con esto sobrevivió y prosperó y se hizo con un reino. Y los que lo formaron pudieron ser personas y hablar y reír y pensar como personas, pero de forma muy diferente a las personas del Imperio de los Cielos y peor.

Con los años, el reino se hizo tribu de reinos y algunas de las personas pudieron pensar un poco como las personas del Imperio de los Cielos y soñar en cosas que no son y hacerlas ser y preguntar a las bestias qué las hizo bestias y qué hizo Cielos a los Cielos y qué personas a las personas y cómo es que las personas mueren y cómo pueden no morir. Pero las preguntas no tuvieron buenas respuestas, porque sólo pensaron un poco como las personas del Imperio de los Cielos.

Con los años, la tribu de reinos se hizo imperio de la isla. El emperador, hijo del Emperador de los Cielos, era ya viejo y veía su fin llegar y no quiso que llegase. Había aprendido a pensar mucho y pensó más y quiso responder a las preguntas que no tenían buena respuesta. Pensó bien porque había llegado al punto en que las preguntas tienen respuesta o muerte. Como siempre había vivido ante situaciones de respuesta o muerte, no le costó hacerlo bien entonces. Empezó a tener respuestas que llevaron a más preguntas sobre qué más islas habría y cómo sería el Imperio de los Cielos, del que nada recordaba. Y también pensó respuestas y las respuestas que pensó, vio que no eran y quiso hacerlas ser.

Poco después, el Emperador de la Tierra tuvo un hijo. Cuando nació, lo lanzó a un corral con nueve bebés y una sola loba que había perdido a sus cachorros, pues quería que aprendiese desde el principio a sobrevivir. Sabía que no valdría enseñarle cuanto en su Imperio había construido, sino que tendría que ponerle en el camino que le llevase únicamente a producirle a él mismo. Quería que su hijo conquistase otras islas para tener en ellas realidad de lo que había pensado y no era. Sabía que su hijo no se le asemejaría en figura cuando le expusiese a duras penalidades y sabía que le repudiaría, pero pensó que esa es la única manera de que su hijo fuese él y no como él.

Con los años, el Emperador había comprendido la Llave de los Nueve Grandes Misterios, y abandonó su nombre de Emperador de la Tierra para llamarse Emperador de los Cielos. Y el Emperador de los Cielos supo que su hijo había muerto y que su cuerpo había muerto, pero él no había muerto ni había muerto aun la figura de su hijo. El Emperador de los cielos lanzó a un muchacho salido de un corral a otro corral con otro muchacho y una princesa y al que salió lo lanzó al Mar de Estrellas para que llegase a otra isla, y nunca morirá.

Ulises Grant

Nephilim


Así que no sabes qué fueron o son, quizá, los Nephilim. Pues bien...
Según cuentan los padres ancianos a sus hijas soñadoras de cabello negro y ojos anhelantes en las noches de desértico verano, cuando Dios expulsó a los rebeldes de su paraíso, los ángeles amaron al hombre y le ayudaron a progresar.
Carentes, parecía, del amor del Creador, sólo hallaron consuelo en lo que más se le parecía y con hombres y mujeres concibieron una raza con toda la gloria del ángel y toda la pasión de Dios y el hombre. Fue una raza atroz de gigantes que se debatían entre furias y amores.
Los hombres y los ángeles los rechazaron y ellos mismos llegaron a odiarse. Entonces Dios, a la vez compadecido e iracundo con aquella aberración, engendró las bestias celestiales, que les dieron caza hasta su exterminio, guiadas por legiones de arcángeles. Después, las lanzó al Sheol, al cuidado del Esclavo Caído, donde esperan para actuar en la batalla de Armaggedon.
Pero cuentan las leyendas que las enamoradizas hijas susurran a escondidas de sus mayores que no cayó toda la sangre de Nephilim y, mezclados con la estirpe de la tierra, aún nacen y viven como humanos seres horribles y celestiales con toda la gloria y el mal en sus manos.
Toman el aspecto de personas incomprendidas e incomprensibles, víctimas solitarias del desarraigo.
Quién sabe de dónde venimos, ni si somos deseados, pero la soledad que me inunda de vacío en esta tarde feliz me está matando.

 (Ulises Grant)

La leyenda del dios roto




Cuenta una historia más antigua que el tiempo que los dioses estaban irritados por las continuas molestias y disputas que entre ellos provocaba el dios Bardo de la belleza. Seducía aquél a las diosas y encandilaba a las estrellas que, entre suspiros, se olvidaban de brillar.
Su perfecta belleza y encanto impedían a los dioses dar castigo al joven cantor, pues siempre conmovía el corazón del ofendido dios que contra él se alzaba. Decidieron los dioses calmar el orgullo y la arrogancia de su hermano desterrándolo de su gran morada. Para ello, pidieron al lucero del alba que se dejase atraer por sus cantos de alabanza y compartiese con el dios poeta un trago del lago de los sueños.
Así lo hizo el lucero, quedando enseguida prendado de la deidad. El dios y la estrella se reunieron junto al lago y quedó el Universo privado de su brillo. Dejóse amar el encandilado lucero y, bajo la argéntea mirada de la eterna Luna, compartió con el dios un sorbo del agua de los sueños, que une en sueños eternos a los amantes divinos.
Al otro lado del lago esperaban los dioses a que el agua encantada hiciese su efecto y que durmiesen el lucero y el dios bello para verse a salvo de su hechizo. Pero, cuando ya rozaban los ojos amantes los dedos del buen sueño, advirtió el lucero a los dioses y sus intenciones de privarle de su amado y llevarle al destierro. Saltó al aire y brilló con tanta fuerza que su destello llegó al Sol, intentando que no durmiese el artista celestial, mas ya el agua del lago hacía sus efectos y durmió el dios y cayó también durmiente, aunque resistiéndose, el lucero.
El Sol, desafiado, se acercó a batirse con el lucero, que caía presa del sueño y Luna madre, piadosa, contuvo al Sol con sus encantos para que no acabase con el astro indefenso. Desde entonces pugna Sol por acceder al lucero y el lucero hace sólo breves intentos por despertar con su brillo al dios durmiente, mientras Luna contiene al adversario y así se suceden días y noches entre intentos brillantes del lucero de despertar a la belleza.
Y así, ocurrido esto, los dioses discutieron durante muchos días y noches maravillados ante la durmiente hermosura de amaneceres, ocasos, días luminosos y noches plateadas que acababan de crear con el complot contra su hermano que reposaba. “Si alguno de ellos triunfase -pensaban- sería tan fuerte y orgulloso como nuestro hermano”. Decidieron los dioses así que no debía despertar y siguieron con su mal plan.
Para enseñarle la lección y borrar de su morada aquel orgullo, los crueles hermanos cortaron en pedazos al dios que soñaba y los esparcieron por todo el infinito para que no le extrañase ninguna estrella. Para hacerle aprender, además, obligaron a sus partes a soñar por todos los tiempos que eran alguna de las cosas que habitan bajo y sobre las estrellas.
Soñaron los fragmentos del dios a veces y otras tan sólo callaron; y se mezcló el dios con la materia. Soñaron con rocas, montañas, vientos y toda la Naturaleza y a veces soñaban con hombres y mujeres, con niños y poetas. Y en esos sueños de un dios roto llegó a la Tierra la belleza.
A veces uno de nosotros llora o siente, ríe o sueña sin dormir. A veces alguien escribe, pinta o canta, otro se enamora y aquel se lamenta en solitario. Son los fragmentos del dios los que lloran porque ya no está reunida toda la belleza. Son los fragmentos que hacen que nuestro corazón arrastre fuerte a la cabeza y nos haga querer amar a la Luna y las estrellas.
Grande era el orgullo del dios y mejor es que no aprenda, pues ya hay humanos humildes que se saben sin belleza y no es justo que la pierda el mundo debido a un dios que despierta. Aunque quizás eso no sea más que lo que aprende el soñador poeta: que es más hermosa entre sombras fragmentada la belleza que en un solo ser, cegadora y entera.
Cuenta esta antigua leyenda que todos tenemos del dios un poco de su conciencia. Si es así y resulta cierta, mantén tu alma despierta para oír los sentimientos de cualquiera, pues quizás no sean más que los sueños de un dios que sueña.

Ulises Grant.

domingo, 20 de enero de 2013

Fábula del unicornio



Cuando Noé vió el cuerno que sobresalía de la espesa crin en la frente, no dudó ni un instante sobre la identidad del animal que pedía humildemente ser aceptado en el Arca ante la inminencia del Diluvio.
Jamás había visto a un unicornio, pero los libros antiguos lo describían como un animal más bien pequeño, semejante a una cabra y de carácter huidizo; con un largo cuerno rematado en una afilada punta, parecido a ciertas especies de caracol no muy abundantes en estos días.
Cuenta la tradición que, finalizado el Diluvio y agotados los pájaros por el ir y venir a través de la tormenta y de la noche, Noé envió al Unicornio a comprobar si había bajado el nivel de las aguas. El unicornio se arrojó a la oscuridad y al tocar el líquido comenzó a hundirse. Ante la cercanía de la muerte rogó a un Dios por su vida. Éste lo transformó en un narval, dejándolo conservar sólo el cuerno como memoria de un pasado que desaparecía en el océano del tiempo.
En las noches claras, cuando el viento rompe el crepúsculo del agua en ondas oscuras, añora galopar bajo el vientre de una doncella desnuda con la luna como una pecera de fondo.
A veces atraviesa a algunos bañistas con su afilado cuerno buscando a Noé desde tiempos remotos.

(MariaL)

La Roca



Ibagué Hace cincuenta años estaba conformada por 3 barrios. Era una ciudad relativamente pequeña. Una de las tantas montañas que la rodeaba (Y aún la rodea), es La Martinica. Hoy en aquella montaña se puede observar una profunda depresión desde cualquier punto de la ciudad. Sobre esa depresión, existió una roca de cincuenta metros de altura, la cual identificaba a la ciudad de Ibagué en aquel entonces.

Esta historia de amor, describe a Sonia, una bella mujer rubia, de cuerpo esbelto, ojos claros y labios rojos quien además de ser la mujer más hermosa de Ibagué era la envidia de todas sus amigas y vecinas. Lamentablemente tenía un defecto…Su vanidad. Conciente de su belleza, presumía de ella, cargaba un espejo para confirmar cual hermosa era y despreciaba a los hombres que la pretendían. Se cuenta que a cada hombre, que se le aproximaba le exigía levantar la roca, para poder corresponder con su amor. Ninguno de ellos lo había logrado y no había quien fuera capaz de tal hazaña.

Por otra parte Ignacio, un hombre delgado de apariencia humilde, poeta, loco y enamorado, amaba a Sonia desde el primer día que la vio, pero su cobardía le impedía acercarse a ella.

Cada atardecer, Ignacio iba al parque de Belén, se sentaba en la banca que daba justo al frente del balcón de la casa de Sonia, para escribirle poemas de amor. Su musa, desde su balcón, miraba hacia la roca, contemplando el crepúsculo y fingiendo que percibía su presencia, pero sufriendo por no estar a su lado.

Sin embargo fue un domingo, luego de salir de la iglesia, cuando Sonia por primera vez se encontró de frente con Ignacio. Ninguno de los dos podía ocultar lo que sentía; ella se quedó sin palabras mientras él temblaba, los dos se miraban a los ojos, sus miradas penetraban sus almas, almas que de repente se fusionaron en un solo beso apasionado…Una vez terminó aquel beso, el silencio se apoderó de sus entrañas, y fue ahí cuando Sonia quiso hacer alarde de su vanidad y con un “¡esto no puede ser!” trató de destruir lo que Ignacio en segundos había construido.

- Ignacio, ¿tu me amas?
- Como nunca a nadie había amado, Sonia.
- ¿Y por mí harías cualquier cosa?
- Por ti bajaría el firmamento si es necesario.
- Entonces quiero que levantes la roca. Solo cuando la levantes seré tu amor.
- Te juro por lo más sagrado que tengo, que es el amor que siento por ti, que levantaré la roca y conquistaré tu corazón.

Ignacio se encerró en su casa durante mucho tiempo, empezó a hacer ejercicio para fortalecer su cuerpo y cambió sus hábitos alimenticios. Todos en el pueblo se habían enterado del juramento que Ignacio le hizo a Sonia y esperaban el momento en el que subiera a La Martinica y levantara la roca.

Dos años después Ignacio salió de su casa, ahora el poeta era el hombre más fuerte de Ibagué, atrás había quedado esa apariencia humilde, ahora iba en busca de un sueño. Empezó a subir la montaña y tras él todos los habitantes de Ibagué, todos menos Sonia. Ella estaba en su casa, mirándose al espejo y contemplando su figura que era su todo pero a la vez no era nada. Ignacio miró a su alrededor, la gente esperaba el acontecimiento que cambiaría la historia de Ibagué. Él suspiró, se ubicó frente a la enorme roca, la tomó con sus fuertes brazos, inclinó sus piernas y trató de levantarla, pero perdió la concentración y falló.

Desde aquel día todos se burlaban de él. Aquel hombre enamorado no perdió la esencia y decidió a prepararse haciendo un mayor esfuerzo. Tuvieron que pasar cinco años más para que Ignacio lo volviera a intentar. Esta vez era mucho más fuerte, más frío y talvez más osado. No le avisó a nadie, caminó pausadamente y se encontró de nuevo frente a la causante de su infortunio. Para su sorpresa, los habitantes de Ibagué se encontraban una vez más a su lado. Algunos regresaron porque creían en él y otros porque de nuevo querían verlo fracasar.

Esta vez se sentía más seguro de sí, más aun cuando en el horizonte divisó la silueta que se aproximaba a él y que conforme se iba acercando se hacía más hermosa. Nadie se lo esperaba, pero de un momento a otro Ignacio empezó a mostrar una poderosa ira, ímpetu de guerrero, intensa rabia que le generó una descomunal fuerza, la cual fue suficiente para desprender aquella roca de su base y lanzarla a kilómetros de distancia…

Hubo un silencio abismal. Acto seguido, Ignacio muy lentamente se dirigió a ella.

-No me digas nada…Ya se que tu no me amas. Nunca lo hiciste. Lo supe en el momento en el que como una estrella fugaz, llegaste a este lugar a observar mi fracaso. No me amas, porque el amor verdadero, no exige, no pide nada a cambio, simplemente se entrega de la misma forma como el rocío alimenta la rosa de la mañana…

Fueron sus últimas palabras. Descendió La Martinica y nadie volvió a saber noticias de él.

Cincuenta años después, se puede ver hoy, cada atardecer, en algún balcón de Belén, a una anciana llamada Sonia, quien mira hacia La Martinica para recordar al único hombre que ha amado, pero que por su vanidad, nunca pudo tener.


(Hericuento)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

El Beso de la Luna


Los ancianos de Perú, descendientes de los mismos Incas, cuentan que hace mucho, mucho tiempo, más del que se pueda recordar, las estrellas vivían de día, mas no de noche.

Dicen que el día era aún más claro de lo que es hoy, y la noche, era tan oscuro y tan vacía, que si intentabas buscar a alguien en la oscuridad, jamás encontrabas a esa persona.
Las estrellas, todas ellas, jugaban y cantaban alrededor del sol, el Sol, muy orgulloso de sus compañeras se enaltecía entre todos los demás astros del cielo, porque ninguno de ellos tenía lo que el poseía, estar ahí arriba, tan solo, por bastante tiempo, era algo muy triste. Existían estrellas que eran casi tan, tan grandes como el mismo Sol, y habían otras tan, tan pequeñitas como el polvo estelar. Todo el día, las estrellas cantaban y jugaban entre sí.
Pero llegada la noche, las estrellas se escondían, ya que el sol les contó que durante la noche, una extraña criatura sale del vacío, es tan, tan fea, que hasta tiene miedo de ella misma, y si alguien le mira a los ojos, lo más probable es que nunca más volverá a ver la luz de un nuevo día.
Entre todas las estrellas del cielo, había una estrella que parecía no ser tan normal, como lo eran las demás estrellas, esta estrella, no tenia habilidad para hacer mejor lo que hacían las estrellas, que era cantar. Si las estrellas llenaban el cielo de alegría, esta estrella cuando cantaba, hacía que todos las demás estrellas, se sintieran tristes y muy infelices, su canto hacia que las demás estrellas ya no quisiesen cantar.
El sol muy molesto, le prohibió volver a cantar a esta estrella, las demás estrellas trataron de animarle, pero nunca lo consiguieron y esta estrella, cada vez se fue apartando y apartando de todos los demás. Y pronto ellas terminaron olvidándolo, así como se olvida un mal recuerdo.
-¡Estoy tan solo! En este lugar nadie me quiere, así que lo mejor será que me vaya, muy lejos – se dijo un día la estrella.
La estrella esperó que cayera la noche, y sin mirar hacia atrás, partió rumbo al olvido. Se adentró en lo más profundo del cielo, y entre más y más avanzaba, el camino se hacía más y más oscuro.
-Tengo miedo, en este lugar, todo es oscuridad, no logro ver nada- Se decía la estrella.
En este mundo de vacío y soledad, encontró un pequeño rayo de luz, el cual rompía la nada, así que la estrella decidió buscar aquello que iluminaba tanto la noche. Entre más y más se acercaba, empezó a escuchar sonidos tan extraños y atemorizantes, que terminaron atemorizándole.
Y cuando al fin llego, vio algo que nunca en su vida había visto. Era lo más hermoso que había visto en su vida, este ser tan hermoso no podía ser el miedo y caos que el Sol tanto les había contado… Pero este ser, estaba llorando… La estrella se acercó a ella, y le preguntó
- ¿Por qué lloras?
Y ella con mucha sorpresa le respondió
– Porque en este lugar tan vacío estoy muy sola.
La estrella, sabía más que nadie que era estar solo en el mundo, y también sabía lo que era ser olvidado. El sabia, que era llegar a casa y no encontrar a nadie para que te reciba. Así que sintió mucha pena por ella. Y con una sonrisa en el rostro le dijo:
-Si quieres yo me puedo quedar contigo…
Y ella muy sorprendida, le dijo que si, con una enorme sonrisa…
-¿Cómo te llamas? – le pregunto la estrella.
Y ella con una enorme sonrisa le respondió
– Lu… Luna…
-Bueno Lu… Luna… es un gusto, los dos se miraron y empezaron a reír…
Esta era la primera vez que ambos sonreían. Yo soy sólo una estrella, nosotros no tenemos nombres, así que puedes llamarme estrella. Al caer la noche la estrella volvió a casa, y durante todas las noches se iba a jugar con la Luna, y en el día, solo dormía. Todas las noches la estrella cantaba para Luna.
-Gracias por estar conmigo a mi lado, muy nervioso, camino contigo, aunque sean incómodas mis palabras, que digo frente a ti, espero que siempre seas feliz. Todos los días oro, para que tus sueños se cumplan, y el cielo te bendiga. Lo siento, porque conociste a alguien como yo, sé que es triste, porque nunca aprendo y sigo y sigo fallándote, pero aun así, yo sigo amándote. A pesar de todo voy a estar a tu lado hasta la eternidad, incluso si es difícil voy protegerte. Ruego que nunca me separen de tu mano.
Porque el amor, puede ser tan extremo y desgastante. Incluso puede hacernos llorar, pero quiero pintar mis sueños con tu felicidad. Aunque soy malo, aunque soy imperfecto, aunque fallo en todos los sentidos, sólo tú puedes creer en mí. Sólo tú puedes perdonar a mi corazón, yo, sinceramente te quiero a ti, y juro guardar cada recuerdo tuyo, incluso los días en que lloramos… Gracias por estar siempre a mi lado…
La Luna, aplaudía y suspiraba desde su asiento, jamás había sido tan feliz. Quizás era, algo torpe y tonto, pero esto era amor. Pero, no todas las historias de amor tienen un final feliz, ya que, cuando crees alcanzar lo máximo de la felicidad, cuando estás en lo mejor de tu vida, llega el destino y te arrebata todo lo que has amado.
El Sol empezó a sospechar que algo extraño pasaba, ya que aquella estrella tan infeliz, ahora siempre andaba sonriendo. Así que una noche, apagó su luz y decidió seguirle en silencio, la sorpresa que tuvo cuando lo vio con la Luna fue enorme. Y pensaba dentro de sí, que si las demás estrellas sabían la verdad sobre la Luna, quizás muy pronto terminen dejándolo solo, en su angustia, urdió un plan para acabar con su preocupación.
Muy pronto el se dio cuenta, que aquella estrella, quizás sentiría algo muy especial por la Luna, así que se le acercó y le preguntó un día:
-Amigo, te veo preocupado, como si algo no andada bien, ¿Qué será? – pregunto el Sol con una sonrisa.
Y la estrella le dijo
– Hace poco conocí a alguien, y no sé porque, pero no dejo de pensar en ella. Y solo cuando sonríe soy feliz.
El Sol, poniendo su mano sobre el hombre de la estrella dijo
– Lo que pasa es que estas enamorado.
Fue ahí cuando la estrella se dio cuenta, de sus verdaderos sentimientos
–Pero quizás, éste sea un amor no correspondido, dijo entre suspiros.
-Debes decírselo, yo conozco algo que haría que cuando te declares, ella no te rechace – dijo el Sol. En la tierra existe unas joyas muy preciosas, los hombres las llaman flores, los humanos dicen que si se las entregas a tu amada, ella no rechazara tu amor…
La estrella se levantó muy rápido y con una sonrisa agradeció al Sol, y bajó lo más rápido que podía a la tierra. Pensando en todo lo que pasaría cuando le entregue estas flores a su amada. Pero había algo que la estrella no sabía, no sabía, que si una estrella baja del cielo, jamás vuelve a subir.
En muy poco tiempo llego a la tierra y recogió cuantas flores pudo cargar, pero cuando trató de volar, se dio cuenta que no podía, así que, pensó que era por el peso extra que llevaba, dejo poco a poco las flores, hasta que al final sólo se quedo con una sola, pero por más que lo intentó, no pudo volar.
La idea de no volver a su amada, rompieron su corazón. Pobre estrella, había sido engañada y ni cuenta se había dado, nunca mas volvería a ver la sonrisa de la Luna, y menos volver a escuchar su voz llamándole. Pasaron los días, y la Luna muy preocupada lo buscaba sin éxito, las estrellas al sentir la ausencia de su hermano, también se organizaron y empezaron la búsqueda, lo buscaron por días y días, pero jamás dieron con él.
Todos pensaron, que su hermano se había extinguido, y que quizás su vida ya había acabado… Hasta que un día, una estrella pasó cerca a la tierra, y creyó escuchar la canción de su hermano, aquella canción tan triste y solitaria, que con solo oírla te rompía el corazón. Bajó lo mas que pudo, y pronto vio a su hermano llorando entre las flores.
-Te encontré, ¿Qué haces aquí? , todos te están buscando – le dijo la estrella muy emocionada a su hermano.
Y él le dijo
– El Sol me ha engañado, me dijo que bajara a la tierra, y le contó todo sobre la Luna y sobre él.
Su hermano muy triste, escuchó todo esto.
-Yo nunca más volveré a volar con ustedes, para mí este es el fin, y pronto mi luz se extinguirá. Pero, ella aun puede ser feliz, dile a la Luna, que estoy bien, que quiero que ella sea feliz, muy, muy feliz, después de todo se lo merece. Por favor no la dejen sola, ella siempre ha estado sola… -Sólo si ella es feliz, yo seré feliz…
Y entonces, la estrella voló por el cielo, buscó a sus demás hermanos y hermanas, y les contó la pena de su hermano perdido, todas escucharon con atención, y lloraron por el destino que le había tocado, y tomaron una decisión.
En ese momento la Luna, estaba desesperada, no sabía qué hacer, ella sabía que la estrella no era capaz de abandonarle, lo único que pudo hacer fue llorar, no importaba que tanto le llamaba el jamás respondía, no importa donde lo busque jamás lo encontraba.
Entonces notó que poco a poco, pequeños destellos de luces la rodeaban, eran las estrellas quienes se habían puesto a su alrededor, todas y cada una de ellas estaban ahí, muy pronto la Luna, pudo ver a la tierra, y divisó en un bosque de flores, a su amado, a aquel ser que le hacía estar completa. A pesar de que nunca mas volvería a tocarlo, al menos podría verlo, todas las estrellas abandonaron al Sol, por su accionar tan ruin, y decidieron quedarse con la Luna, cumpliendo el deseo de su hermano.
La Luna al fin lo veía de nuevo… Y lo único que pudo hacer, fue cantar para aquella persona que le enseñó a ser feliz, la voz de la Luna era muy dulce, hacia que el mar abrazara la tierra, que todos los seres vivientes de aquel planeta cantaran con ella, esta canción era dedicada a su amado.
-Estas lejos, en un lugar inalcanzable, nunca te dije que te amaba, o que te esperaría toda la vida, jamás imagine, volver a verte, encontrarte a ti… Sólo una vez más, confieso que estoy enamorada de ti, quiero amarte por siempre… Tener por siempre…
La estrella estaba muy agradecido con sus hermanos y hermanas, porque le ayudaron a encontrar su felicidad, aquello que un día había perdido, nunca podría abrazar a su amada, pero al menos podía dedicarle su vida entera a ella, así que todas las noches le cantaba a ella y su amor, pero sus canciones ya no lastimaban, sino que daban alegría a los corazones lastimados y otras traían recuerdos del pasado, de un pasado añorado, pasó mucho, mucho tiempo, y aquella estrella con el tiempo, se convirtió en un espíritu que corría por toda la tierra, y cada noche de Luna llena estaba así de cerca de su amada, cantándole.
-De pronto, cuando seguía tu sombra, aparecí en lo profundo de la oscuridad, tu mano junto a la mía por siempre, tú y yo por siempre juntos.
-Eres la única para mi, a quien sólo deseo hacer feliz, eres tú, la única que vive dentro de mí, iluminas mis noches oscuras, conviertes mis tristezas en alegrías, secas mis lagrimas tan tiernamente.
-Eres tú mi gran amor, pero, sin embargo, no he sido capaz de darte un simple beso, no he sido capaz de sujetar tu mano, y menos darte todo lo que deseabas de este mundo. ¿Podrás perdonarme algún día? -Desde que me conociste, sólo te he hecho llorar. Tu hermoso rostro se tornaba en tristeza, y yo, no pude hacer nada, me hubiese gustado dibujarte una sonrisa.
-Eres tu… la única para mi, y a pesar de todo, aun no he podido decirte… te amo… -En tu cumpleaños, no pude darte ni un ramo de flores, esas que tanto quería que conocieras, perdón, lo siento… He vivido una vida difícil, quería escapar de todo, pero tus tibias lagrimas aun pesan dentro de mí. Eres tú… la única que vive dentro de mi corazón, eres tú, la que se convirtió en cada latido de este corazón…
-Eres tu…… la única para mi, y al fin puedo decirte, te amo…
 
(Elvis Eberth Huanca Machaca)

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