Cuenta una vieja leyenda zíngara que hubo una vez una hermosa joven que no tenía marido, ni padre, ni madre, ni hermanos, ni parientes: todos habían muerto. Vivía sola en una cabaña al final del pueblo; y nadie iba a visitarla, y ella no visitaba a nadie.
Una tarde, un apuesto vagabundo llegó hasta su casa, abrió la puerta e imploró: “Soy un vagabundo, y he estado en regiones lejanas. Me gustaría descansar aquí; no puedo ir más lejos”. La doncella respondió: “Quédate aquí. Yo te proporcionaré un colchón sobre el que dormir y, si quieres, también bebida y vituallas”.
Cuando llegó la hora de acostarse, exclamó el vagabundo: “Una vez más, vuelvo a dormir. Hace tanto tiempo desde la última vez…”. “¿Cuánto?”, preguntó intrigada la muchacha. “Querida doncella”, respondió él, ”yo sólo duermo una semana cada cien años”. La muchacha se rió, y dijo: “Bromeas, ¿no? Sin duda eres un simpático granuja”. Pero su invitado no le respondió, pues ya se había quedado dormido.
Temprano por la mañana, el vagabundo se levantó y dijo: “Eres una joven muy hermosa. Si lo deseas, me quedaré en tu casa el resto de la semana”. La muchacha asintió complacida porque se había enamorado del apuesto vagabundo.
Una noche ella tuvo una pesadilla en la cual viajaba en un hermoso carruaje tirado por seis pájaros blancos. A su lado iba sentado el vagabundo, que estaba pálido y frío y llevaba colgado al cuello un poderoso cuerno. Él lo hizo sonar, y entonces la muchacha vio cómo los muertos, incluida su propia familia, se levantaban de la tumba y venían hacia ellos como si acudiesen a la llamada de su rey.
Nada más despertar, la joven le contó su sueño al vagabundo. “Tan sólo fue una pesadilla”, respondió este. Pero inmediatamente se levantó y dijo: “Amor mío, me temo que he de irme, ya que ningún alma ha muerto en el mundo desde que estoy aquí. Debes dejarme ir”. Pero la muchacha sollozó y suplicó: “No te vayas, permanece conmigo”. “Debo irme”, respondió él decidido, “que Dios te proteja”. Pero, según alargó su mano para coger la de la joven, ella rogó entre sollozos: “Dime entonces quién eres”. “Quien lo averigua muere”, dijo el vagabundo, “y a quien lo pregunta en vano, no le respondo la verdad”. Entonces la muchacha sollozó, y dijo: “Soportaré cualquier cosa, sólo dime quién eres”. “Bien”, dijo el hombre, “entonces deberás venir conmigo. Yo soy la Muerte”. Tras oir sus palabras, la muchacha se estremeció y allí al instante quedó tendido su cuerpo inerte.
(Francis Hindes Groome en Gypsy Folk Tales (1899))
sábado, 24 de enero de 2009
La Novia de la Muerte
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La Diosa de la Luna
Antes de convertirse en la Diosa de la Luna y sufrir la eterna soledad lunar, la bella inmortal Chang E vivía en la Tierra con su marido, el héroe enviado por el Dios del Cielo que derribó nueve soles y aniquiló los demonios del mundo. Aunque el pueblo lo admiraba profundamente por sus abnegadas proezas, su mujer se quejaba de la constante soledad, ya que su marido siempre andaba fuera de casa batallando con los malos espíritus. Además, le horrorizaba la idea de envejecer y morir como cualquier mujer mundana.
Para acabar con la amargura de su mujer, el marido salió un día en busca de la Diosa de las Montañas para que le diera el elixir de la inmortalidad. Conmovida por la abnegada labor que desarrollaba el desinteresado hombre, la diosa le concedió una hierba mágica, advirtiéndole que la tendrían que tomar los dos al mismo tiempo, Si no, no respondería de las consecuencias. El hombre volvió contento con la hierba providencial y pidió a su mujer guardarla en sitio secreto para tomarla juntos algún día que no tuviera que salir a luchar contra los demonios.
Su mujer estaba muy resentida debido a la penosa soledad a la que la tenía sometida su cónyuge, y no quería sufrir eternamente el melancólico abandono. Una noche, movida por un impulso de desesperación, sacó el remedio providencial y se lo tomó todo. Enseguida experimentó algo raro en su cuerpo, una sensación de evaporación o de vacío. Se hacía más y más ligera, empezaba a flotar y a volar por el cielo estrellado. Quería bajar, pero la Tierra no la atraía. Parece que había una enorme fuerza que la succionaba desde lo alto del firmamento. Se alejaba cada vez más de la Tierra, acercándose a la Luna. Y desde lo alto del cielo, ya vislumbraba el desértico paisaje lunar. Se arrepintió de su necedad y empezó a echar de menos todo aquello que acababa de abandonar. Sentía vergüenza de volver a encontrarse con los suyos. Decidió quedarse en la Luna para estar cerca de la Tierra y pagar, desde aquel destierro frío e inhóspito, su conducta indigna.
Unos dicen que la apenada dama se convirtió en un sapo de repugnante apariencia, y otros dicen que sigue tan hermosa como siempre, pero más sola y melancólica. En los días de luna redonda, puedes contemplar la Luna y la podrás encontrar debajo de un árbol de laurel, acompañada de un conejo blanco, sufriendo la eterna soledad.
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Byrting y la reina de los elfos
―¿Quién llama?
―Levántate, Byrting, y déjame entrar. ―Respondió con suavidad una voz femenina desde el otro lado de la puerta.
La noche era desapacible, y Byrting, que temía a los fantasmas, vampiros y endriagos que según las leyendas se arrastraban por las entrañas de su castillo, no se movió de la cama. Sin embargo, la puerta se abrió por sí misma, y una joven de rara belleza vestida con un fino ropaje de gasa entró en la habitación, tras lo cual se acercó al lecho del caballero, se sentó en el borde y comenzó a jugar con su lustrosa melena.
Prudente, Byrting salto fuera de la cama y se apoyó contra la pared.
―Escucha bien, Byrting ―dijo la joven, fingiendo no haberse dado cuenta del gesto del caballero―: mañana vendrás al Reino de los Elfos.
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A la mañana siguiente, Byrting salió a caballo de su castillo. Al pasar por un puente cercano, el caballo se encabritó y tanto jinete como montura cayeron al río. Mientras que el caballo salió airosamente a la superficie, el caballero no pudo desembarazarse del frío abrazo de las aguas. Antes de perder el conocimiento, sintió cómo una mano de dedos largos le agarraba con suavidad del tobillo y comenzaba a tirar de él.
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Cuando Byrting abrió los ojos, vio una amplia estancia, hermosa como jamás ningún rey de la Tierra podría soñar con tener. Junto a él estaba la joven de la noche anterior, quien ahora llevaba puesta una corona de hojas e irradiaba serenidad. Le preguntó a Byrting:
―Responde a esto, y piensa bien la respuesta: ¿En qué país has nacido? ¿En qué corte quieres vivir?
―He nacido en Beiarland ―respondió el caballero―, allí en la corte he vivido. Allí vivió mi amada y allí quiero morir.
Al oír esto, la joven pidió a una sirvienta:
―Ve y trae una copa del hidromiel del olvido.
Cuando la sirvienta hubo traído la copa, la joven ordenó a Byrting beber de ella. Apenas hubieron tocado sus labios el líquido que contenía, le volvió a preguntar.
―¿En qué país has nacido?¿En donde quieres vivir?
―He nacido lejos de aquí, pero ahora pertenezco al Reino de los Elfos, en donde quiero vivir y morir. En donde está mi amor.
(Vicente García de Diego, Antología de leyendas de la literatura universal)
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viernes, 23 de enero de 2009
Gara y Jonay
Cuenta la leyenda que en la Gomera existían, entonces, siete chorros de los que emanaba agua mágica y cuyo origen nadie conocía. Estos siete chorros, aparte de regalar virtudes a quienes de ellos bebían, podían revelar, al mirar en sus aguas, si el amor estaba por llegar. Si el agua era clara, el amor se hallaba en camino, pero si se enturbiaba, poco o nada debía esperarse.
Ocurrió un año que, aproximándose ya las fiestas de Beñesmén un grupo de jóvenes gomeras casaderas acudieron a los conocidos como Chorros de Epina, para juntar agua de cada uno de ellos en un pequeño estanque, y mirarse luego en él. Entre ellas se encontraba Gara, princesa de Agulo, que esperaba ansiosa el momento de descubrir lo que le deparaba el destino, Entre risas, se acercó y reflejó su bello rostro sobre el mágico elemento. Al principio le devolvió una imagen tranquila y perfecta, pero luego, ante su sorpresa, surgieron sombras y la silueta comenzó a agitarse, apareciendo, de pronto, en medio de todo, un sol abrasador que borró todo movimiento….
Gerián, el sabio del lugar y encargado de interpretar los símbolos mágicos, hizo a la dulce Gara una advertencia:
-Lo que ha de suceder ocurrirá. Huye del fuego, Gara, o el fuego habrá de consumirte”.
Gara guardó silencio, intentando ocultar sus temores y no dándole importancia, pero el extraño presagio corrió de boca en boca, llegando a todos los que la conocía…
Ya en las vísperas de las fiestas de Beñesmén, llegaron de Tenerife, la isla vecina, los Menceyes, acompañados por familiares y otros nobles. Entre ellos se encontraba el Mencey de Adeje, que venía con su hijo Jonay, joven fuerte y diestro en cualquier competición. Desde el primer momento en que lo vio, Gara no pudo dejar de observarlo, y en cuanto sus miradas se encontraron, el amor los atrapó sin remedio.
Poco después, y aún en fiestas, como era costumbre, su compromiso se hizo público. Pero he aquí que en cuanto se empezó a propagar la feliz noticia, El Teide, también conocido como Echeyde (infierno), majestuoso volcán tinerfeño, empezó a escupir lava y fuego por su cráter, con tanta fuerza que, incluso desde la Gomera, el espectáculo era aterrador. Entonces recordaron el presagio dado a la inocente Gara y aquel comenzó a tomar forma:
Gara, princesa de Agulo, el lugar del agua; Jonay, puro fuego, procedente de la Isla del Infierno…”
Aquel amor era, pues, imposible. Grandes males amenazaban a aquellas gentes si los jóvenes amantes no se separaban. No cabía opción y las propias familias de ambos se encargaron del resto. Rota la unión, el volcán recuperó la calma, y concluidas las fiestas, regresaron a Tenerife los vecinos tinerfeños… Más uno se fue con el alma vacía y el pecho quebrado…
Cuentan que Jonay, desesperado, se lanzó al mar en medio de la noche, para nadar hasta la playa de su amada. Dos vejigas de animal infladas atadas en la cintura le ayudaban a flotar cuando las fuerzas se le agotaban. Larga fue la travesía y ya con las primeras luces del alba llegó a su destino. Furtivamente fue en busca de su amada,y, al encontrarse, se abrazaron apasionadamente. Pasados unos momentos, decidieron escapar por los bosques gomeros y en conocido como “El Cedro“, se entregaron a la pasión y al amor.
Pero el padre de Gara, enterado de la huida de su hija, no tardó en salir furioso en su busca. Reunió un numeroso grupo de hombres y no tardaron en encontrarlos. Los hallaron fundidos, amándose, y cuando los jóvenes se percataron de su presencia, buscaron lo que creyeron la única salida posible….. Una implacable vara de cedro afilada, colocada entre ellos, uniendo sus corazones, fue su aliado mortal.
Mirándose a los ojos, prometiéndose amor eterno, se apretaron el uno contra el otro, traspasándose y dejándolos unidos para siempre.
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jueves, 22 de enero de 2009
El Pastor y la Tejedora
En otro tiempo, La Vía Láctea era un hermoso río que separaba el Cielo de la Tierra. En él se bañaban todos los días las hijas del Dios Celeste. Por la noche, cuando las innumerables estrellas poblaban la bóveda celestial, las encantadoras hadas poblaban con su presencia el tranquilo río plateado. Aprovechaban también para contemplar la bulliciosa vida en el mundo, el amor y los sufrimientos de la gente mundana. Una de las hadas celestes, llamada Tejedora por su habilidad en el telar de brocados, se enamoró de un joven que vivía en un pueblo cerca de la orilla del río.
El joven se había quedado huérfano desde hacía diez años y vivía entonces con su hermano mayor y su cuñada. Aunque trabajaba sin cesar todo el día, no lo querían y siempre intentaban echarlo de la casa. Un día se vio obligado a abandonar la casa por no aguantar el maltrato de la joven pareja. Le dieron un viejo buey por todo el derecho a la herencia familiar.
El pastor levantó una pequeña choza para alojarse junto con el buey, a quien le contaba sus penalidades para desahogarse. Trabajaba día y noche en el campo, compartiendo lo poco que tenía con su único compañero. Una noche, para gran sorpresa suya, el buey se puso a hablar:
—Hola, mi señor, sé que eres honesto y tienes un corazón de oro, por eso me duele que estés tan solo. Escucha bien lo que te voy a decir: todas las noches bajan unas hadas del cielo y se bañan en el río. Hay una hermosa hada que está enamorada de ti. Roba su ropa cuando se baña y pídele la mano.
Esa misma noche, el pastor se escondió en la cañaveral para esperar el momento. Cuando aparecieron todas las estrellas, vio que efectivamente bajaron unas lindísimas mujeres que se metieron en las aguas dejando su ropa de seda en la orilla. El pastor salió del escondite y se dirigió hacia la orilla, donde cogió la ropa de la Tejedora y echó a correr. Sorprendidas por la repentina aparición de un hombre de la Tierra, las hadas salieron rápidamente de las aguas, se vistieron y volvieron al Cielo escandalizadas. Sólo se quedó la Tejedora en las aguas, avergonzada, porque no tenía con qué vestirse. En eso apareció el pastor y prometió darle la ropa con tal de que aceptara ser su mujer. La Tejedora aceptó su petición ruborizada. Al cabo de un rato los dos se encaminaron hacia la pobre choza y se casaron con el buey amarillo como testigo.
Empezaron una nueva vida llena de felicidad y armonía. Al cabo de tres años, tuvieron dos hijos, un niño y una niña. Habían construido una casa con un establo para el buey y mejoraron sustancialmente la economía familiar con la aportación de las hábiles manos de la mujer. Se amaban profundamente y disfrutaban el amor, la familia y el trabajo.
Según la creencia popular, un año transcurrido en la Tierra era sólo un día en el Cielo. Así que al tercer día de la desaparición de la Tejedora, se enteró la Reina Celestial del suceso. Furiosa, envió a los generales y guerreros del Cielo para capturar a la atrevida hada que se burló de las disposiciones celestiales.
La repentina aparición de los enviados del Cielo convirtió el idilio en una pesadilla. Fue capturada y obligada a abandonar la vida mundana. Lloraba de dolor aferrándose a su marido y a sus hijos, pero los guerreros del Cielo la llevaron presa y cruzaron el río enseguida. Desesperado, el pastor los persiguió cargando los dos niños en dos cestas que colgaban de un balancín. Se proponía cruzar el río para alcanzarlos, pero las aguas crecieron súbitamente convirtiéndose en un anchísimo caudal que subía al Cielo. La mujer lloraba tratando de librarse de las feroces manos que la sujetaban, mientras que el hombre los perseguía sin esperanza de alcanzarlos nunca. Su convulsiva cara era surcada por las lágrimas que corrían silenciosamente. Los niños también lloraban con verdadera tristeza.
El afligido llanto de la familia destruida ablandó la dureza de la Reina, quien dio la orden de permitirles reunirse el día siete de julio de cada año según el calendario lunar.
Te habrás dado cuenta que ese día, casi todos los pájaros grandes vuelan hacia el cielo para construir un puente de aves. De este modo, la hermosa Tejedora puede reunirse con su familia. Se dice que a medianoche, si escuchas atentamente debajo de la viña, podrías oír la conversación íntima de la pareja largamente separada. Si levantas la cabeza en una noche estrellada, podrás ver que a ambos lados de la Vía Láctea se ven dos estrellas luminosas: una es la Tejedora y la otra es el Pastor.
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lunes, 19 de enero de 2009
La Décima Hermana
Du era la prostituta más famosa de la capital por su extraordinaria belleza y la exquisitez de su trato. Perdió la virginidad a los trece años, cuando entró en el Pabellón Verde, el prostíbulo más elegante de Pekín, donde trabajaban más de veinte preciosas chicas para complacer a los hombres adinerados. Por la cronología de nacimiento, fue denominada como la Décima. Durante los siete años de vida alegre conoció a casi todos los ricachos y a los hombres importantes del imperio, quienes no escatimaban dinero y joyas para disfrutar de su belleza. A los diecinueve años, la hermana Du se proponía abandonar la deshonesta profesión para casarse con algún joven que la amara.
En esas circunstancias llegó un día un señorito guapo y elegante, llamado Li Jia. Hijo de una familia aristocrática del sur, había venido a Pekín para realizar estudios superiores en la Universidad Imperial. Al poco tiempo de llegar a la capital, acudió al Pabellón Verde para admirar a la famosa prostituta. Cuando la vio, casi se desmayó ante la hermosura de la joven Du. Encantado, sintió que a partir de ese momento su vida seria un desierto si no estaba ligada a la bella mujer. Du había conocido todo tipo de hombres, sin experimentar ningún afecto con nadie. Pero en ese momento su extraordinaria sensibilidad de mujer le dijo que aquél podía ser un buen marido. Se sintieron enamorados desde el primer instante.
Al día siguiente, Li trajo todo su equipaje y se hospedó en la habitación de su amada. Pagó un dineral a la regenta del prostíbulo por el derecho de estar con Du durante un largo tiempo. Y desde ese mismo día, estaban juntos día y noche, juntos en un romance idílico con el mayor placer del mundo. Se amaban profundamente y se juraban la eternidad de su pasión amorosa. Así transcurrió un año, sin que se hubieran separado un momento.
La regenta estaba preocupada, porque tuvo que dar interminables explicaciones a los clientes que venían a solicitar a la hermana Décima y no se conformaban con que les introdujeran con otras chicas, aunque fueran también preciosas. Algunos clientes asiduos no volvieron nunca más a pisar la casa, lo que significaba una pérdida considerable de ingresos del prostíbulo. Por lo tanto, tan pronto corno venció el plazo de exclusividad de la hermana Du, intervino la regenta para cortar su interminable romance, convertido ya en un matrimonio para ella. Pero ni la mujer ni el extasiado Li aceptaron la idea, por lo que Li tuvo que agotar sus últimos recursos para permanecer un mes más al lado de su amada. Tras cumplir el último periodo de tiempo, la regenta sabía que el joven enamorado se había quedado sin dinero y no podía quedarse ni un día más. Entonces llamó a la hermana Du y le dijo:
—Sabes que no puedo tolerarlo ni un día más. Me está causando mucho perjuicio en el negocio. Muchos clientes se han enojado y ya no vienen más. Si realmente te quiere, te puede sacar de aquí pagándome trescientas monedas de plata dentro de tres días. Pero si no puede pagármelas, yo lo echaré de la casa a patadas. ¡Díselo así de claro!
Sorprendida e ilusionada, la bella joven preguntó:
¿Es cierto lo que dice la señora?
—Completamente cierto. No puedo soportar que ocupéis la casa sin que me produzcas ningún beneficio. Prefiero traer a otra chica para ocupar tu lugar.
La regenta estaba segura de que el joven empobrecido no iba a encontrar ayuda en ningún sitio, por lo que no le importó confirmar su determinación. Sin embargo, la chica quería asegurar el cumplimiento de su promesa:
—¿Qué pasaría si al cabo de tres días le trae lo que usted pide y usted se arrepiente de su promesa?
Aunque acorralada, la regenta ya no podía retractarse.
—Durante mis cincuenta años de vida nunca he faltado a mis promesas. Tampoco voy a faltar esta vez.
—Aquella noche, Du le refirió a su amado la conversación con la regenta para ver la reacción del chico, quien prometió ir al día siguiente a buscar dinero y rescatarla del prostíbulo.
Sin embargo, no lo consiguió, porque sus amigos y parientes sabían que estaba conviviendo con una prostituta y temían que pedía dinero para gastarlo en el prostíbulo. Nadie le dio nada ni en el primer día, ni en el segundo. Desesperado y cansado, el joven se sintió avergonzado para volver a ver a su amada y se quedó dormido en el portal de la casa de su amigo. Al día siguiente, lo encontró el mozo enviado por la hermana Du y le obligó a volver al prostíbulo. Cuando su novia se enteró de lo sucedido, sacó ciento cincuenta monedas de plata y le dijo:
—Durante estos años he ahorrado esta pequeña suma de dinero. Ahora veo que quizás te puede ayudar en algo. Si realmente me quieres como has repetido tantas veces, consigue la otra mitad hoy mismo, antes de que sea demasiado tarde.
Li pareció ver una luz en la oscuridad, salió otra vez a la calle en busca de algún amigo o conocido que le pudiera prestar el resto del dinero. Por la noche, volvió loco de contento porque un amigo de su pueblo le prestó el dinero que necesitaba.
Al día siguiente, antes de que se levantaran, la regenta ya estaba llamando a la puerta, diciendo en voz alta:
—Joven, hoy se cumple el plazo. No puedo esperar ni un minuto más. Me entregas el dinero o mando que te echen a la calle.
Se abrió la puerta, apareció la hermana Du, quien le dijo con voz grave y determinante:
—Señora, durante ocho años me he humillado y sacrificado para que su caja se llenara de monedas de oro. Hace unos días, usted me ha prometido la libertad si mi novio le pagaba trescientas monedas de plata. Aquí tiene el dinero. No falta nada. Tómelo y déjeme en libertad. De lo contrario él se llevará el dinero y yo me suicidaré delante de usted.
La regenta nunca había pensado que pudiera conseguir el dinero, pero ahora, ante la difícil disyuntiva, montó en cólera, ordenando que salieran de la habitación y los echó a la calle.
Por fin, la Décima hermana Du estaba libre. Pero salvo la ropa usada que llevaba puesta no tenía nada. Tuvieron que acudir a la casa de una amiga para asearse y pedir algún dinero para el viaje. La mujer se alegró de que Du hubiera conseguido la libertad. Llamó enseguida a la otra amiga que tenía la misma profesión, y las dos le regalaron ropa y algunas joyas a la recién liberada. Habilitaron una espaciosa habitación para que se alojara temporalmente la joven pareja. Esa misma noche organizaron una suculenta cena a la que acudieron una docena de bellas cortesanas.
El día de su partida, muy de madrugada, cuando la joven pareja subió al carruaje para emprender el viaje hacia el sur, vinieron a despedirse todas las amigas de la preciosa mujer. Trajeron un cofre y se lo dejaron en las manos de Du, diciéndole:
—Esta caja contiene unas monedas que hemos juntado para ayudaros un poco en el viaje. Esperamos que seáis felices para toda la vida.
Du les agradeció la gentileza y guardó el cofre sin abrirlo. Viajaron varios días en un carruaje hasta llegar a un río que les conduciría hacia el sur. A los pocos días agotaron el dinero que llevaban. Para continuar el viaje, Du abrió la caja y saco un sobre rojo que contenía cincuenta monedas de plata. Alquilaron un barco privado con remero y siguieron el viaje. Li había tomado la decisión de ir hacia Hang Zhou, para instalar primero a la mujer, mientras que él iría a su casa para convencer a sus padres y conseguir su conformidad con el matrimonio.
Una noche, mientras estaban anclados en un embarcadero, se les acercó un barco privado de lujo en el que viajaba un joven comerciante de sal. Al día siguiente, cuando el comerciante vio por casualidad la bellísima cara de Du, cambió su plan de viaje y persiguió su barco durante todo el día. Al final, pudo entablar conversación con Li, a quien le invitó a cenar en un restaurante del puerto. El comerciante de sal era más o menos de la edad de Li y había conocido a muchas mujeres de vida alegre durante sus largos viajes. Pero jamás había visto una chica tan guapa. Tras más de veinte copas de licor, se hicieron amigos confidenciales. Li le contó todo lo que había pasado en estos dos años, y al final reveló su preocupación por la dificultad de conseguir el consentimiento de sus padres para poderse casar con una mujer de esa índole.
El comerciante agravó su desasosiego del joven diciendo:
—Tus padres jamás van a consentir que te. cases con ella. Preferirían morir antes de ver su dignidad manchada y su reputación por el suelo. Además, ese tipo de mujeres suelen engañar a los hombres. Si la dejaras sola en una ciudad como ésta, antes de diez días te volvería a ser infiel y a engañarte. Probablemente ella tiene viejos amigos en el sur, así que en cuanto vuelvas de casa, ya se habrá marchado con ellos dejándote abandonado. Sobre todo ahora que vas a tener que afrontar la severa mirada de tus padres, los pondrás enfurecidos si vuelves a casa con las manos vacías para contarles que has gastado todo el dinero en burdeles sin haber hecho ningún estudio.
Los vas a matar vivos con esa ocurrencia.
Al oír sus razonamientos, el joven Li empezó a vacilar.
—¿Qué hago entonces?
—¿Por qué no me la cedes por mil monedas de plata? Así tendrás dinero y les contarás que todo eso es mentira, que has estado estudiando y aún te queda bastante dinero. De esta manera te creerán plenamente. Así, también te liberarás de esa mujer, que seguro te va a engañar.
Li se sintió mareado y totalmente perturbado. Se limitó a decirle que consultaría con su mujer.
Cuando llegó pasada la medianoche, borracho y malhumorado, la hermana Du aún lo esperaba con las velas encendidas. Le preguntó si quería tomar algo de lo que le había preparado; como lo vio menear la cabeza, le quitó los zapatos para que se tumbara en la cama. De repente, el joven empezó a llorar. Extrañada, Du le preguntó qué había pasado. Li le contó lo que le propuso el comerciante de sal. Después de escucharlo, con los ojos inundados de lágrimas, la bella mujer le preguntó con ansiedad.
—¿Qué piensas de esa sugerencia?
Perturbado y dolorido, el joven le dijo sollozando:
No sé qué hacer. Es tan difícil para mí. Por un lado, tengo miedo de que mis padres se enojen si me caso contigo, por el otro, te quiero mucho y sería un martirio para mí perderte. No sé, no sé qué hacer.
La cara de la bella mujer se volvió trágicamente serena.
Quien te ha propuesto esto es una persona generosa y razonable. No veo ninguna mala intención en su comportamiento. Además, recuperarás el dinero para salvar tu reputación ante tus padres. A mí no me importaría ir con otro hombre, así también me evito sufrir la penuria y la inseguridad de esperarte. Pero es importante que te dé el dinero que ha prometido. ¿Cuándo te lo dará?
—Mañana, si estás de acuerdo con este arreglo. —Perfecto, duerme ahora para contar bien el dinero mañana.
El hombre concilió el sueño enseguida. Mientras, la mujer empezó a cambiarse y a maquillarse con sumo cuidado.
Al día siguiente, cuando Li se despertó, encontró a su mujer elegante y bellísima. Recordó lo que hablaron unas horas antes y agachó la cabeza con un largo suspiro. Al verlo así, la hermana Du le recordó:
—Cuenta bien el dinero, para que no te engañe.
Li abrió la puerta del barco, el rico comerciante ya estaba esperando en su lujoso barco, con los ojos ávidos fijos en la bellísima mujer. Li le dijo:
—He hablado con mi mujer, ella lo ha aceptado. Dame, pues, el dinero.
El comerciante se mostró desconfiado.
—Para darte el dinero, necesito tener el tocador de tu mujer como fianza.
Li volvió la cabeza para consultar a la hermana Du, quien le dijo categóricamente:
—Dáselo.
Una vez traspasado el tocador, el comerciante le entregó las mil monedas de plata, que Li contó una a una. No faltaba ninguna, y además comprobó que eran monedas auténticas. Volvió los ojos hacia la lindísima mujer que iba a pasar al otro barco. La hermana Du ni siquiera se dignó mirarlo, su cara se veía tranquila, impasible y soberbia. Tenía en las manos el cofre que le habían regalado las chicas de la misma profesión. La mujer se paró en la proa del barco y dio orden al remero para zarpar y emprender la marcha, atado al barco del comerciante, adonde se podía pasar con un trampolín. Du pidió a Li que se acercara y viera qué había en la caja. Abrió la tapa del precioso cofre, dejando ver su contenido. Li no podía creer lo que veían sus propios ojos. Había monedas de oro, pendientes y anillos de brillante, collares de perlas, figuritas de marfil y lapizlázuli, piezas de jade verde que valían un imperio.
La bella mujer empezó a hablar:
—Éstas son las joyas que me regalaron los nobles y ricos que han besado mis pies. Algunos se han arruinado haciéndome regalos de incalculable valor. Pero no conquistaron mi amor, simplemente mancharon mi cuerpo. El único hombre que he querido en mi vida eras tú. Pero por mil monedas de plata me has vendido a ese morboso sinvergüenza. Me da pena tu fragilidad y tu inconstancia. Este cofre no es regalo de ninguna amiga. Es mío. Les pedí que me lo guardaran dos días y que me lo devolvieran como si se tratara de un regalo. Estas joyas valen más de cien mil monedas de oro. No te lo había dicho justamente para probar la autenticidad de tu amor. Pero me has destrozado el corazón con tu mezquindad.
Mientras decía esto, tiraba a manos llenas las joyas al caudaloso río ante los atónitos ojos del hombre al que amó con toda su alma y del que odió desde el principio. Antes de que vaciara el contenido del cofre, Li se dio cuenta del valor de las cosas que estaba tirando la mujer, se arrodilló pidiendo perdón. Pero era demasiado tarde; antes de que reaccionara, la Décima hermana Du se había lanzado al profundo río con el cofre vacío. La hermosa silueta de la hermana Du desapareció enseguida en el caudaloso torrente.
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sábado, 17 de enero de 2009
Sedna, La Esposa del Sol
Sedna era una muchacha Inuit que había provocado la ira de su padre al rechazar a todos sus pretendientes humanos, se casó con un perro y alumbró varios cachorros. Horrorizado, su padre la lanzó al mar, y le cortó los dedos cuando trató de subirse nuevamente a la barca. Sedna se hundió en el fondo del mar donde se conviritó en un poderoso espíritu y sus dedos cortados se transformaron en las primeras focas.
Como señora de los mares, Sedna es importantísima para la supervivencia humana. Sin embargo, el maltrato que recibiera por parte de su padre la ha hecho muy caprichosa, por lo cual si no es aplacada de manera constante se ocupa de encerrar a los animales marinos, y la humanidad muere de hambre. Cuando esto sucede, un chamán debe viajar hasta su casa y enfrentarse a los terribles guardianes hasta implorar a Sedna, cara a cara.
Para los Inuit todos los pecados de la humanidad caen en el océano y se acumulan en el pelo de Sedna en forma de grasa y suciedad. Cuando el Chaman viaja hacia Sedna, debe ocuparse de limpiar y trenzar sus cabellos porque ella no puede hacerlo ya que su padre le cortó los dedos. En agradecimiento por esta tarea, Sedna libera a los animales y la humandidad vuelve a comer.
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